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martes, 2 de diciembre de 2014

Brihuega, una balada de otoño


“Serpeando entre álamos, por un estrecho vallejo, el Tajuña abandona Villaviciosa y se dispone a bañar los pies de una de las ciudades más atractivas y con más rancio abolengo de toda Castilla. Situada en el corazón de la Alcarria Alta, es uno de esos pueblos por los que ha pasado la historia dejando profunda huella. Una necrópolis celtibérica excavada a comienzos de siglo, en el llamado "arroyo de la villa", junto al río, dejó constancia de que cinco siglos antes de nuestra Era, ya era una aldea próspera.


Pero fue la Edad Media, con sus trajines y avatares, quien corrió su fama por toda Castilla. Alfonso VI vivió en la vega del Tajuña antes de ser elevado al trono. El rey moro Al-Mamún entregó la zona para que el cristiano la habitara en compañía de los nobles que, junto a él, huyeron de Sancho de León, su cruel hermano. Allí permaneció nueve meses en el castillo de Peña Bermeja, cuyos restos aún se conservan, y de allí partió para iniciar una de las campañas más victoriosas de la Reconquista, tomando Guadalajara, Madrid, Toledo y Talavera (…)”.


Me he citado a mí mismo, reproduciendo un texto escrito hace ya bastantes años, para dejar constancia de que la ruta que propongo está cargada de historia. Hoy entraremos en Brihuega, sin duda uno de los pueblos más interesanes de toda la provincia. Se llega en menos de media hora desde Guadalajara y tiene la ventaja de que el desvío de la carretera, desde la A2, obliga a pasar por Torija con lo que la visita puede verse enriquecida con la entrada a la plaza y al castillo, hoy convertido en el centro de interpretación turística de la provincia de Guadalajara (CITUG).



Insisto, Brihuega rezuma historia. Conserva buena parte de su muralla; un castillo convertido en cementerio, una “necrojoya”; dos iglesias románicas; un puñado de buenos restaurantes; una vega fértil y fresca, la del río Tajuña; una plaza, con un convento transformado en museo de miniaturas, y una Escuela de Gramáticos en cuya casa vivió hasta hace poco Manu Leguineche, a quien está dedicada la plaza. Si Cela descubrió La Alcarria al mundo, Leguineche la dotó de alma en su libro “La felicidad de la tierra”, que evoca la esencia del paisaje y del paisanaje alcarreños: “El sendero, la ermita, la anchurosa Alcarria, el tañido de una campana, el torreón hecho jirones, el chopo, el cantueso, el espliego, el tomillo, los crestones, los cenicientos, la oliva y la encina, las plazuelas sosegadas, la paramera sobrevolada por el águila, el arroyo, el ábside, las gachas y las migas de pastor….”. Así sentía Manu la Alcarria. ¡Larga vida al maestro!



Pero echemos a andar. Los rincones cargados de arte nos salen al encuentro a cada paso que damos. Con sólo entrar en Brihuega, el visitante puede ver parte de una vieja muralla y una preciosa puerta conocida como de "La Cadena". Frente a ella, una espaciosa plaza, antigua era de pan trillar, conocida como "Las Eras del agua" o Parque de María Cristina, lugar ideal para superar las peores horas del caluroso verano y sentir el otoño en toda su esencia. Gigantescos álamos y una fuente con dos abundantes caños componen una tenue balada que acompaña al silencio en esta época del año.
Muy cerca, calle Mayor abajo, allá por el  siglo XIII, y en un estilo románico de transición, se levantó una hermosa iglesia bajo la advocación de San Felipe nada más superar la muralla. Todavía sigue en pie. La simetría de sus formas y su interior medieval, con tres naves separadas por columnas decoradas y una capilla semicircular con cinco ventanales y una cúpula, hacen de esta iglesia uno de los más puros ejemplos del románico en nuestra provincia.



Detrás de San Felipe se encuentra la Real Fábrica de Paños y junto a sus restos unos jardines románticos construidos a imitación del barroco versallesco. La fábrica textil es del siglo XVIII y posee una curiosa forma circular. De sus jardines dijo Cela "es un jardín romántico, un jardín para morir en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia".



En la parte baja del pueblo se encuentra la plaza del Coso, con hechuras del medievo, donde destacan la fachada de la antigua cárcel, hoy transformada en Biblioteca para bien de todos, y los caños de dos fuentes que flanquean el camino hacia la parte alta del municipio.
Calle abajo están el castillo, hoy cementerio, la iglesia de Santa María, joya románica del siglo XIII que alberga la imagen de la patrona de la villa, la Virgen de la Peña, la escuela de gramáticos, donde vivió Manu Leguineche, la fuente de los doce caños, el arco de Cozagón, el antiguo convento de San José, la iglesia de San Juan... y mucho más.



Brihuega reúne uno de los patrimonios artísticos más ricos de Guadalajara, enmarcado todo él en un pueblo donde el paseo es una delicia, y más en otoño. Pasear por la inmediaciones del castillo o de Santa María en estos días, con las hojas de los árboles alfombrando nuestros pies, es como bucear sin reparo alguno por los versos de Bécquer o Espronceda.




Y, tras el paseo, un ramillete de buenos restaurantes que no defraudan. Cito algunos:  Princesa Elima, Quiñoneros, El Tolmo, Peña Bermeja y El Torreón. Cada uno en su estilo pero todos con algo distinto que ofrecer, sin abandonar la esencia de la comida castellana basada en la buena carne y los productos de temporada… como la ruta que os propongo, muy de temporada.

martes, 17 de junio de 2014

La Alcarria de Cela y Leguineche

Recupero para esta entrada un artículo encargado por la revista Viajar en el mes de febrero y publicado en su revista como recuerdo y homenaje a Manu Leguineche y a Camilo José Cela, los dos escritores que mejor han visto, escuchado y contado el alma de la Alcarria. Las agradables secuelas dejadas por las cuatro viajeras que han querido revivir estos días la ruta celiana, me animan hoy a recuperar este texto.



“Han pasado casi 70 años años desde que Cela echó a andar por la Alcarria, y los pueblos alcarreños siguen siendo pequeños, el paisaje apenas se ha visto alterado  y, fuera de las casas, en contra de lo que decía Cela, hoy se come mejor que nunca. El universo alcarreño que don Camilo refleja en su primer viaje no es idílico. El viajero escritor cuenta lo que ve, y lo que encuentra es un país pobre, de paisaje austero, donde las mayores virtudes se encuentran en lo que otro gran viajero, Manu Leguineche, llamaría años después el paisanaje. Con el paso del tiempo, la ausencia de progreso desmesurado ha convertido esta comarca en un escenario ideal para viajar. Cela lo deja claro al principio del libro, con la precisión y la ironía que caracteriza su pluma: “esta tierra, menos miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo”.



Así que viajaremos literariamente  y  lo haremos comenzando por Torija, la Puerta de la Alcarria, uno de esos pueblos de Guadalajara donde no es necesario ir, porque uno pasa. Encrucijada de caminos, su situación junto a la A2 hace de este municipio, y en especial de su castillo, uno de los más conocidos de España. Torija es puerta, pero también ventana. Un balcón privilegiado a través de su fortaleza convertida en el Centro de Interpretación Turística de la Provincia de Guadalajara (CITUG). Allí se desgrana imagen a imagen, ruta a ruta, fiesta a fiesta, vianda a vianda, todo el abanico de posibilidades turísticas de la Alcarria. De diseño moderno y mimetizado con el edificio del siglo XV, cada una de las estancias del castillo, que levantaron los Mendoza, es una invitación al paseo, al recorrido lento y atento por unos rincones que no tienen desperdicio y en los que hay de todo, insisto: ¡de todo! Hasta mar, el Mar de Castilla, el mayor número de kilómetros de “costa” de interior del país, repartidos entre dieciséis embalses.



En el CITUG cabe una provincia y en su Torre del Homenaje se levanta el único museo del mundo dedicado a un libro: “Viaje a la Alcarria”. Las fotografías originales que Cela y el fotógrafo que le acompañó en su recorrido obtuvieron durante el viaje,  los sitios por los que pasaban, los utensilios usados o mencionados por él, mapas, muebles diseminados por las fondas, retratos… todo el universo alcarreño de Cela encerrado en la torre de un castillo, desde donde casi se ve Brihuega, nuestro segundo alto en el camino.



Brihuega rezuma historia. Conserva buena parte de su muralla; un castillo convertido en cementerio, una “necrojoya”; dos iglesias románicas; un puñado de buenos restaurantes; una vega fértil y fresca, la del río Tajuña; una plaza, con un convento convertido en museo de miniaturas, y una Escuela de Gramáticos en cuya casa vivió hasta hace poco Manu Leguineche, a quien está dedicada la plaza. Si Cela descubrió La Alcarria al mundo, Leguineche la dotó de alma en un libro “La felicidad de la tierra”, que evoca la esencia del paisaje y del paisanaje alcarreños: “El sendero, la ermita, la anchurosa Alcarria, el tañido de una campaña, el torreón hecho jirones, el chopo, el cantueso, el espliego, el tomillo, los crestones, los cenicientos, la oliva y la encina, las plazuelas sosegadas, la paramera sobrevolada por el águila, el arroyo, el ábside, las gachas y las migas de pastor….”. ¡Larga vida al maestro!



De Brihuega nos vamos, por la vega del Tajuña, hasta Cifuentes, allí nació la Princesa de Éboli y Don Juan Manuel alzó un castillo que todavía sigue en pie. En Cifuentes todo es agua, su nombre procede de las Siete Fuentes, algunos cronicones hablan de cien, que por diversas bocas bajan de un cerro y coinciden en una hermosa charca, de donde parte el río “que nace en Cifuentes y entra en el Tajo cerca de la casa de Trillo… En este arroyo y en las lagunas cerca de San Blas hay muchas ánades y partidas de garza”, escribe Don Juan Manuel en el “Libro de la caza”.
Pero de lo que más orgulloso se sienten en Cifuentes es de la iglesia de El Salvador. Un edificio de estilo gótico, con algunos detalles románicos en sus portadas. Nos vamos a detener en la de Santiago, compuesta por un conjunto de arquivoltas en degradación y una serie de figuras adosadas, que desarrollan la batalla entre la fe y la idolatría dentro del alma, acompañadas ambas de un ejército de virtudes y de vicios. Es un buen entretenimiento ir descubriendo las figuras diabólicas, algunas de ellas femeninas,  desnudas o pariendo, con grandes pechos lacios; otras masculinas, deformes o colocadas boca abajo en posición burlesca… Al otro lado la virtud: un peregrino pisando a un demonio, una pareja de virtuosos aplastando una cabeza monstruosa o una anciana con vara de mando. El bien y el mal, la vida misma, el alma humana tallada en piedra en un conjunto único que representa el antiguo poema de Prudencio “La Psicomaquia”, todo un espectáculo.



Pero Cifuentes no sólo son sus monumentos, su plaza de soportales, la picota del siglo XVI o el Molino de la Balsa. En torno al pueblo hay enclaves naturales tan sorprendentes como el Barranco del Reato, también conocido como Los Frailes. Una enorme sucesión de “peinetas” de más de 30 metros de altura, caprichos de la naturaleza labradas en piedra, que dibujan diferentes figuras. Si el viajero se detiene le parece estar viendo a unos frailes como los de El Greco, altos y delgados como agujas, con sus sayales y su capucha cubriéndoles la cabeza, que caminan juntos, en oración, como si rezasen el rosario alrededor del claustro de un convento. Una grata sorpresa junto a las aguas del río Tajuña, en el cercano pueblo de El Sotillo. Como lo es también la finca  Las Cascadas en Gárgoles, el empeño de José Andrés Torrent, un ingeniero de Montes que ha sido capaz de plantar un bosque y disfrutar de su sombra varias decenas de años después. Una finca atravesada por el río Cifuentes, donde todavía pueden visitarse un molino y un acueducto medievales, y unas termas romanas, al mismo tiempo que se pescan truchas en un lago artificial, casi paradisíaco.
La Alcarria fértil, la Alcarria húmeda se acerca al Tajo y los tonos verdes se imponen al ocre de  la tierra de labor. En Trillo, el río Cifuentes cae de bruces en el regazo del Tajo formando una cascada de agua, El Pozo, que inunda de sonido el ambiente y refresca los viejos caserones y las calles por las que anduvo Carlos III, camino del Balneario que él mismo hizo construir para solaz de la Corte y que hoy se ha  convertido en una explotación moderna y placentera, un relajante spa.



Desde Trillo pueden verse las Tetas de Viana, dos chimeneas naturales  formadas por dos cerros, “las dos únicas tetas que se me han resistido”, refunfuñó alguna vez el Nobel que quiso coronarlas en globo y acabó estampado contra los chopos del río, enredado entre retamas y cordeles.
Desde Trillo, el curso del agua nos llevará hacia Sacedón por la ruta de los pantanos. El Mar de Castilla, la enorme ribera que forman los embalses de Entrepeñas, Bolarque y Buendía. Una carretera camina bordeando las orillas de esta costa de interior poblada de densos pinares y encinas. Alocén, El Olivar, Durón, Budia, Sacedón… pueblos alcarreños de casas construidas con piedra caliza, cuidados  miradores al pantano que conservan en sus calles el sabor de la Alcarria celiana. Y de Sacedón a Pastrana, donde dos mujeres de carácter: Teresa de Jesús y Ana de Mendoza, princesa de Éboli,  se dieron la mano para levantar un monasterio que asombró a Castilla.


Pastrana, donde nació el pintor Juan Bautista Maíno y descansó San Juan de la Cruz, es un pueblo medieval, con sus calles estrechas, su barrio judío, casonas nobles plagadas de escudos, plazoletas, fuentes, conventos, palacios, huertas y una colegiata donde descansan obras de El Greco, Salzillo, Carreño y los mejores tapices del mundo, que representan las hazañas bélicas de Alfonso V de Portugal. Todo cuanto hay en Pastrana nos traslada a siglos atrás, hasta la pastelería Éboli, con un obrador de exquisitos bocados. Por estas calles paseó Quevedo y aquí, dicen, que Moratín escribió “El sí de las niñas”. Entre los muros de sus palacetes se cocinaban muchos de los acontecimientos políticos que días después revolucionaron a España, intrigas palaciegas de la corte de Felipe II. Por conspirar, la princesa de Éboli fue encerrada en el palacio que corona la famosa Plaza de la Hora, “una plaza cuadrada, grande, despejada con mucho aire, una plaza curiosa, una plaza con solo tres fachadas, una plaza abierta por uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega”, escribió Cela.
Antes de terminar nuestro viaje, un inciso: además de los niños, que no se ven muchos por estos pueblos nuestros, salvo contadas excepciones; y de las mujeres sentadas a la puerta haciendo “media”, lo que hoy se echa de menos en la Alcarria celiana son los burros,  personajes que despertaron ternura en el viajero. Compañeros de viaje con los que Cela se encuentra continuamente y a los que hace jugar un papel casi humano. “Gorrión”, el burro que acompaña al viejo labrador camino de Cifuentes, lleva en la albarda cosido un papel, para cuando llegue el momento, que dice: “Cógeme, que mi amo ha muerto”. Tampoco hay mujeres lavando ropa en los lavaderos, hoy pequeños monumentos populares  siempre vacíos;  ni carros, ni apenas colmenas hechas con troncos de árbol, ni posaderas, pero el paisaje, plácido y evocador, sigue intacto.


En Pastrana termina nuestro viaje pero, como el Nobel, recomendamos un apéndice: visitar Zorita de los Canes, su castillo calatravo mirando al meandro del Tajo y sus restos visigodos, Recópolis, un parque arqueológico de la que fue una de las ciudades más importantes de la España del siglo VII. ¡Ah! Se me olvidaba, a la vuelta sería pecado no parar en Tendilla, buscar entre su larga hilera de soportales una pastelería donde nos vendan bizcochos borrachos y preguntar por la casa y el olivar que Pío Baroja tuvo en el pueblo. La Alcarria es pura literatura.

Guía práctica

CITUG . Centro de Interpretación Turística en el interior del castillo de Torija, de imprescindible visita. Museo de Miniaturas de Brihuega. Curioso museo del profesor Max instalado en el convento de San José. Jardines Románticos. En la antigua Fábrica de Paños de Brihuega, original edificio en forma circular con jardines únicos. Finca Las Cascadas. En Gárgoles, zona de recreo de pesca y paseo por jardín botánico. Museo Colegiata de Pastrana. Tapices y piezas de arte religioso y civil. Museo Convento del Carmen de los Franciscanos de Pastrana. Museo arqueológico y piezas orientales de gran valor traídas por los misioneros de Asia. Parque Arqueológico de Recópolis Zorita de los Canes. Crta. De Almoguera s/n. Tfno. 949 376 898.   DÓNDE DORMIR: Casa Rural “La felicidad de la tierra”. Torija. Mesones, 5. Tfno. 949 322 095. Hotel Spa Niwa. Brihuega. José Ruiz Pastor, 16. Tfno. 949 281 299. Balneario Carlos III.Trillo. Crta. La Puerta s/n. 941 940 758. Casa Rural Las Nubes. Albalate De Zorita. Camino de Cabanillas s/n. 900 850 333.  DÓNDE COMER: Asador Pocholo. Torija. Mesones 5. Tfno. 949 322 095. Restaurante Hospedería Princesa Elima. Brihuega. Paseo de la Fábrica 15. Tfno. 949 340 005.  Restaurante Quiñoneros. Brihuega. Paseo de María Cristina 10. Tfno. 949 280 445. Restaurante Casa de Los Gallos. Cifuentes. Plaza de la Provincia s/n. Tfno. 656 469 159. Pastelería Éboli. Pastrana. Mayor, 7. Tfno. 949 371 027

martes, 28 de enero de 2014

El arte de viajar. Homenaje a Manu Leguineche



La semana pasada murió Manu Leguineche, un gran viajero y un buen comedor. Compartí muchas horas con él, mesas, sobremesas y algún viaje por España e incluso fuera de la Península. Fueron experiencias inolvidables. Hoy en “Comer y andar…” quiero recordar al maestro y al amigo. Estoy seguro de que si  me transformo al coger la garrota para echar a andar y luego escribir lo que he visto y sentido, es decir, si existe este blog es porque antes he sido viajero de charlas y sobremesas y he viajado literariamente con Manu y con sus hermanos viajeros, entre ellos mi también amigo Javier Reverte. Ambos, Manu y Javier, me prologaron mi primer libro “Vivir Guadalajara” y a ellos pertenece esta conversación mantenida  en Brihuega, hace ya algunos años, sobre el arte y la necesidad de viajar. Es algo extensa pero merece la pena.




¿Por qué se viaja?

Javier Reverte.- Se viaja por dos razones, una por conocer, por descubrir mundos nuevos; y otra por irte de casa, para huir. La huida es una parte muy importante de cualquier viaje.
Manu Leguineche.- A veces se tiene más claro por qué se va uno, que lo que busca al otro lado. A partir de ahí existen una serie de terapias, como la de la huida  u otras semejantes que son muy válidas. Otras veces, como les pasa a los nuevos ricos, se viaja para hacer ver al vecino que se ha llegado muy lejos. Y a partir de ahí llegan las postales, la exhibición de diapositivas  etc…

Diferencia entre turista y viajero

JR.- El viajero tiene un planteamiento muy abierto del viaje, ni sigue rutas trazadas ni tiene las cosas demasiado claras. El verdadero viajero en el transcurso del viaje cambia la ruta, bien porque se ha emborrachado y ha perdido un barco o bien porque se ha enamorado. Un viajero no tiene un plan trazado. Lo que decían los grandes aventureros de comienzos de siglo: “yo no viajo por el placer de llegar a ningún sitio sino por el placer de ir”.
El turista va con un programa mucho más trazado, un programa escrito que no quiere saltarse, tiene un tiempo limitado y sobre todo le gusta comprar mucho. Mientras el viajero, y más según pasan los años, no compra nada, incluso va tirando por el camino cosas para ir más ligero de equipaje. Sin embargo, que no se entienda como una crítica al turista, hay que viajar de cualquier manera. Lo importante es salir de la madriguera y ver que el mundo es muy amplio.
ML.-Sí, existe esa cosa compulsiva de comprar en los turistas, y luego el afán que tienen de quejarse y comparar: ”¡Qué mala es esta comida… con lo rica que está la tortilla de patata!”. El punto de partida debe ser siempre el sentido del humor y la búsqueda de algo distinto en el arte de viajar. Hay que aprovechar que se ha llegado tan lejos para disfrutar de las bondades, las virtudes y la cultura de las emociones de esa gente, y dejar de mirarse al ombligo. Viajar es una peregrinación hacia la humildad. ¡Y sobre todo el cronómetro, el viajero auténtico debe prescindir de él!. Sabe cuando sale pero nunca cuando va a volver, aunque hoy en día es muy difícil viajar de esta manera debido a los trabajos y compromisos. Yo fui feliz cuando di la primera vuelta al mundo en coche, porque me daba igual volver en el año 1964 que en 1969, no sabía qué iba a pasar conmigo. Decidía que me encontraba bien en Calcuta, y mira que es difícil, pues me quedaba allí. Iba descubriendo la ciudad, conocí  a los directores de cine bengalíes y de pronto me quedé. No quisiera llevar la contraria a Javier, pero creo que el turismo ha hecho mucho daño, sobre todo en el aspecto físico. Por ejemplo, el Gobierno nepalí tiene que limpiar una vez al año las laderas del Everest porque las numerosas expediciones que van allí lo ponen todo perdido.



África

JR.- Si no te transforma el viaje, si no te cambia de alguna manera, no es un viaje interesante. Un viaje que no te aporta en el camino algo que ignorabas no es un buen viaje. Yo tenía una idea previa al viajar a  África, centrada en ver aquellos territorios que habían pisado los personajes de los libros que yo había leído, esa idea del África romántica que tenía desde niño, y me encontré con un África diferente. También estaba el África de los paisajes impresionantes, de la naturaleza bárbara …  pero encontré seres humanos que no me imaginaba que fueran así. Me refiero a la gente de la calle, no a políticos o militares, que tienen un peligro tremendo. Cuando volví la última vez del Congo (aquella no es ya la última), que casi me cuesta la vida, y llegué al aeropuerto de Barajas y vi a unos guardias civiles, me dieron ganas de besarlos.
ML.- Eso explica el síndrome del Papa que siempre besa el suelo cuando baja las escaleras del avión.


JR.- Descubrí a la gente africana en el río Congo. En los trenes y en los autobuses hay una gran alegría y mucha curiosidad, te preguntan por todo, “¿Qué hay en tu país?”, “¿qué sucede allá?”… Todo eso me ha cambiado la opinión de África y me ha cambiado a mí.
ML.- Es cierto. Cuando di la vuelta al mundo y escribí “El camino más corto”, abrí el libro con una frase de un filósofo que decía que lo mejor para conocerse a uno mismo era dar la vuelta al mundo. Yo que venía de una aldea y de unas batallas universitarias duras para la época, esa experiencia de salir para tres meses y volver dos años y pico después, me cambió y me dio una lección sobre la vida irrepetible.



¿Cuándo se salta del reportaje al libro?

ML.- Creo que el libro es una prolongación de nuestro trabajo. Los libros hoy duran poco en las listas de más vendidos. En nuestro caso, que seguimos siendo periodistas, es una forma de hacer un reportaje más amplio. Se nos queda corta la crónica e incidimos más sobre el tema.
JR- Yo no veo la diferencia entre el periodismo y la literatura. Lo que decía Conrad, “son dos brazos del mismo río”, en definitiva es un problema de distancias. En un periódico el papel es caro y hay que poner muchas cosas. A lo mejor te caben, de una crónica, cuatro o cinco folios, si es que llegan y si es que el tema es puntual e interesa. Sin embargo, si has estado en ese país durante un tiempo y has investigado, has leído y has conocido gente, entonces te dices: aquí tengo algo más. Pero la técnica de escritura puede ser la misma que la periodística, menos urgente, pero la misma. Te puedes tirar dos mañanas pensando en el adjetivo, pero nada más. La educación de muchos de los grandes escritores de este siglo ha sido el periodismo y la lista es infinita. Un gran novelista aprende en la vida, no en una mesa camilla. Genios como Kafka, que apenas salió de su casa, hay poquísimos, es muy raro. El escritor de  mesa camilla es muy difícil que llegue a ser un Kafka o un Proust.
Nosotros, Manu y yo, tenemos el gran privilegio de haber salido mucho, de haber conocido mucha gente y en momentos terribles o divertidos, depende, el periodismo te permite ver cosas que el resto de la gente no ve. Dsarrollas una virtud literaria, y es que aprendes a echarle cara, si no has pasado por las redacciones no tienes caradura. Yo recuerdo al principio, trabajando en la agencia EFE, me mandaron a cubrir un asesinato. Me dijeron veta a casa del muerto, pregunta a la familia y saca una foto o pídesela a ellos. Fui allí, vi a todo el mundo llorando y acabé dando el pésame y sin pedir la foto. Volví a la redacción sin nada. Al verme llegar me dijeron, ¿por qué no te dedicas a otra cosa?



ML.- En el periodismo todo lo que hagas te enriquece. Miguel Delibes, en el Norte de Castilla, a Paco Umbral y a mí nos decía que el periodismo es una cosa y la literatura otra. Nos lo decía para ponernos en guardia ante la tentación de escribir demasiado bien y demasiado largo. Tuve que castigarme mucho para no caer en el defecto, y me sirvieron bastante ciertas entrevistas y los viajes que hice con el gobernador de Valladolid de entonces, por aquellos pueblos, inaugurando fuentes. Comenzaba sus discursos con la frase: “Cuando el sol cubre de rosa dorado estas lomas…”, siempre decía lo mismo y teníamos que echarle imaginación para no hacer las crónicas iguales. Aquella fue una experiencia necesaria, como las entrevistas a los futbolistas que hice en mi juventud, preguntas breves, respuestas breves. Me gustaba mucho el fútbol, de hecho jugaba en un equipo de regional e hice muchas entrevistas deportivas. Me ha gustado mucho el periodismo, el acordeón y las mujeres, pero lo que más me ha gustado siempre ha sido jugar al fútbol.

JR.- ¿Cambiarías por un gol en San Mamés todos tus libros?
ML.- Exactamente.
JR.- Yo también, pero en el Bernabéu … Fuera de bromas, Delibes tenía razón, venía  a decir: chaval quita la retórica y olvídate. El joven que empieza a buscarse un camino de escritor tira hacia la retórica, hacia las frases ampulosas. El escritor que aprende en el periodismo va a la sustancia, a la esencia de las cosas y eso es muy positivo literariamente.


Los periodistas se han  convertido en este final de siglo en los nietos de los escritores de viajes del siglo XIX?

JR.- No, creo que no. Lo que pasa es que la literatura del XVIII y XIX  hoy no se puede hacer, además el periodista viaja con urgencia, siempre tiene prisa. El periodismo de viajes no existe como tal, porque cuando te mandan a cubrir una noticia o a realizar un viaje, vas pagado por alguien en concreto que quiere algo en concreto y en un tiempo concreto.
Es curioso porque en una ocasión una cadena de hoteles me encargó un reportaje en Santo Domingo y al llegar al hotel se disculparon porque no me habían mandado una persona a recogerme al aeropuerto, por si me pasaba algo. Ya ves, en Santo Domingo, el sitio más tranquilo del mundo. Es un ejemplo de lo distinto que es todo esto a viajar en serio.
ML.- Cuando fui al Amazonas para hablar con el protagonista de mi libro El precio del paraíso, un aragonés excepcional, perdido en una zona selvática, según bajaba del avión oí a unos jóvenes que gritaban: “¡Aupa Manu!”, vestidos con camisetas del Atletic, eran de Bilbao. Llegas a un sitio y te das cuenta de que no es posible la búsqueda virginal y primeriza de la aventura, está todo copado. El tiempo es fundamental, este es un negocio muy caro y además dura poco, porque todo va tan rápido que cuando quieres tomar tierra ha surgido otro frente, generalmente abierto por la CNN a doce mil kilómetros de distancia.
JR.- Fijaos qué diferencia con el periodismo del siglo XIX cuando a Stanley le dice el propietario de su periódico: váyase usted a buscar a Livingstone, que estaba perdido en África, pero antes pase por la India, por Egipto… Un viaje que duró tres años, con todo pagado.
ML.- Además le mandan a buscar a un señor que no quería ser buscado. Aquella fue la gran época del reportero.



Consejos para viajeros

ML.- Hay algunos aspectos que me parecen determinantes. Sentido del humor, el número uno. No comparar, ser comprensivo con las culturas y no ridiculizarlas. Buscar en las ciudades  eso que no figura en las guías de sitios que se deben visitar. A mí me gusta conocer las ciudades de noche, de madrugada. Busco los mercados, el cine, el fútbol, para ver cómo reacciona la gente. Y sobre todo buscar culturas vitivinícolas y si tienen pan, para qué más. Yo era feliz en Indochina porque había unas hogazas francesas deliciosas en medio de un territorio exótico. Es broma. Es muy importante el contacto humano, es esencial conocer gente. Todo aquello que te puede ofrecer una idea distinta de lo que se te ofrece a través de un viaje organizado.
JR.- Insisto, no comprar en exceso. Me acuerdo siempre de una frase que decía el director de cine John Huston: “ a mi edad ya no compro nada que no se pueda beber”. Hay otra frase sobre los viajes que me parece que es tuya Manu: “todo gran viaje empieza en una librería”. ¿Es tuya? ¿Si es tuya me lo dices y saco el “Copyright” de vez en cuando?
ML.- Sí, pero se la debí coger a alguien …(entre risas)
JR.- Hay que empezar en una librería, pero no recomiendo que se empiece en una guía de viajes. Puede ser útil la última que haya salido, por los precios de algunos transportes y demás, pero son fungibles, no duran más de un año o dos. Sin embargo los buenos libros escritos por viajeros pueden durar un siglo. Buscaría libros de grandes escritores.
Ahora he estado en Grecia y me he llevado un libro de Henry Miller que está escrito antes de la Segunda GM y te habla de Grecia con una frescura impresionante.
Y lo que decía al principio, no comprar cuando se quiere viajar en serio, entre otras cosas porque pesa mucho. Yo suelo meter ropa vieja y la voy tirando o la dejo en los hoteles si pienso que alguien la puede utilizar, y así llego muy ligero de equipaje, salvo que compre libros, entonces la maleta se convierte en una piedra, aunque siempre hay un sitio en el que poder mandar los libros en paquete postal.
Un consejo importante para alguien que viaje por libre y sin tiempo es que se deje llevar de vez en cuando por el capricho. Si te calienta el corazón y te apetece, hazlo. Ese ir a lo imprevisto es un poco la salsa picante. La verdad es que, después de un viaje, lo que te queda es el rostro de alguien que has conocido, que han sido amigos tuyos durante unos días. Es impresionante la cantidad de gente grande que hay, independientemente del color de la piel o del credo o la lengua. En un cuarto de hora te cuentan su vida y tú  a ellos la suya. Me impresionó una frase de Pedro Duque cuando le preguntaron cómo se ve la Tierra desde el espacio y dijo: “no se ven fronteras”, eso es de lo que uno se da cuenta al final, de que no hay fronteras.


¿Es conveniente viajar solo?
ML.- Creo que sí, aunque en este sentido cada maestrillo tiene su librillo. Viajando solo tienes la retina más libre, tienes más posibilidades de ir anotando cosas sin que nadie te interfiera en la opinión que te has hecho de algo. Puedes ver los paisajes con más tranquilidad… desde luego, más de dos o tres personas ya chirría. He descubierto que la convivencia en situaciones de inestabilidad atmosférica, gastronómica, bélica, etc… complica mucho el viaje. Cualquier menudencia se magnifica y se llega a las manos por nada. Tonterías en Madrid se convierten en “casus belli” en el desierto del Sáhara, por ejemplo. Rara es la expedición que no ha terminado mal.

JR.- Cuando uno viaja tiene la sensibilidad a flor de piel porque es un momento de suprema libertad y de supremo egoísmo. Soportas menos a la gente que estando en casa y puedes saltar por tonterías. Y luego hay otra cosa en el viaje solitario y es que cuando viajas solo vas muy abierto. Al ir con más personas acabas haciendo un círculo cerrado. Yendo solo hablas con todo el mundo y eso te permite conocer experiencias nuevas, sobre todo cuando viajas para escribir. He de reconocer que a mí ya los viajes que no son para escribir me aburren un poco, eso de “viajamos literariamente” es una verdad como un templo. Luego hay una cosa que me gusta mucho visitar en una ciudad: los bares y las iglesias. Los bares porque están llenos de almas solitarias que les gusta el alcohol y todo el mundo se te enrolla. Y las iglesias, porque te saludan, te dan la mano, te abordan al salir, y también acabas conociendo gente. Además de que en África, por ejemplo, son muy espectaculares los actos religiosos.




ML.- Yo voy también a los clubes de “Alcohólicos anónimos”. Recuerdo que en Panamá, cuando la expulsión de Noriega, convencí a un taxista para que me llevase a un barrio donde había disparos y disturbios. Al llegar había un silencio sospechoso y en medio de la calle un edificio extraño, con frases en las paredes contra el alcohol. Era un club de alcohólicos anónimos. Me acerqué, hablé con la gente sobre la guerra y al irme, muy amables, llamaron a un taxi. Me preguntó el nombre del hotel en el que me hospedaba, se lo dije. Se extrañó porque no era uno de los de cinco estrellas que es donde suelen ir todos los periodistas y yo nunca voy. Al llegar, me bajé, fui a pagarle y me dijo: “No le voy a cobrar porque los alcohólicos anónimos estamos para ayudarnos los unos a los otros”. Viajar te permite este tipo de experiencias y de anécdotas inolvidables.



PD. Gracias a Raúl Conde, Álvaro Nuño, Pepe Zamora y Miguel Benedicto por las fotos. Por orden: Manu a la puerta de La Mata, entre Torija y Cañizar. Con Manu y Reverte  a bordo del barco que Manu y Javier compartieron en Garrucha. Manu y Javier en la Casa de Gramáticos de Brihuega, donde tuvo lugar esta conversación. Javier Reverte, Álvaro Nuño, Manu Leguienche y Mingote en Alcalá de Henares. Manu con Jesús, jardinero y amigo, e Ignacio, buen amigo, en el jardín de Brihuega. Javier y Manu jugando al Mus en el Torneo Manu Leguineche de Cañizar. Manu y Javier en Cañizar en la presentación del libro "La felicidad de la tierra" . Manu con Gabriela y Diana, los dos ángeles que cuidaron de él en los últimos años. Con Pepe García de la Torre y Manu en el restaurante "El almejero" de Garrucha, una de sus "parroquias" preferidas. Junto a Raúl Conde, Manu y Pepe en Torija. La vicepresidenta del Gobierno Mª.Teresa Fernández de la Vega, Manu, su hermana Rosa y Javier en Alcalá de Henares, acto de entrega de la Medalla de Oro al Mérito Constitucional.