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martes, 1 de abril de 2014

Albalate, un paseo por el Tajo hasta las nubes



Hay lugares pensados para vivir. Las inmediaciones de la ermita de la Santa Cruz de Albalate de Zorita es uno de ellos. El Tajo lame sus piedras mientras pasa tranquilo, dormido, tras dejar parte de su bravura en la presa de Almoguera. El próximo viernes día 4 de abril comienzan los actos conmemorativos de los 500 años de la historia de esta ermita y de su Cruz, una reliquia venerada en toda la comarca.


A Albalate de Zorita se llega por una carretera cómoda que desde la N-320 se desvía a la derecha y pasa por Fuentelencina, Pastrana y Almonacid. Es decir, que si alguien que se disponga a hacer esta ruta tiene ganas de más, puede entretenerse en algunos de estos pueblos de los que de una u otra manera hemos hablado.



Pero lo primero es lo primero, y nos vamos a detener en Albalate. Os propongo que dejéis el coche en el pueblo, deis un paseo por sus calles, entréis en la iglesia parroquial y os entretengáis en la Fuente de los Trece Caños, sin duda uno de los manaderos más promiscuos de la provincia. De sus ocho bocas de león o de perro, no se sabe muy bien, manan 3000 litros por minuto. El Tajo, a su paso por el término municipal, baja con un caudal de 3000 litros por segundo, o sea que para ser una fuente no está nada mal. La construcción es un ejemplo de Fuente renacentistas con un muro de sillería con blasón que sirve para sustentar los grifos, diez por delante y tres por detrás,  y una arquitectura de galería subterránea para recoger las aguas.



Tras andar por el pueblo coged de nuevo el coche y tomad la ruta de los Caminos del Tajo que lleva hasta la ermita, son cinco kilómetros señalizados y muy entretenidos por el camino del “sábado”. Se llama así no porque sólo se pueda circular por él un día de la semana, sino porque la ruta atraviesa una vega en la que en tiempos había huertos, todavía queda alguno, y el riego se distribuía según los días de la semana. A izquierda y derecha de la hoy carretera sólo podían regar los sábados.



Al empezar a andar  nos encontraremos con dos ermitas. José María  Camarero, una de las personas que más sabe de Albalate, de su historia y de sus costumbres, nos dice que la primera ermita, de la que apenas quedan las cuatro paredes en pie, es la de San Juan, del año 1611. Un poco más allá está  la de Nuestra Señora de Cubillas, románica. Una ruina hermosa y habilitada como cementerio donde pueden verse todavía unos canecillos policromados que representan caras y figuras humanas y de animales.




José María nos enseña, como curiosidad, las de tres masturbadores que representan los pecados de la carne y la cara de un cerdo. Merece la pena detenerse o acercarse andando y dejar el coche para después.



El camino hacia la ermita,  que los vecinos de Albalate recorren andando en romería y bailando su famoso Paloteo en honor a la reliquia, discurre por un paisaje alcarreño. Monte bajo, cereal, pequeñas alcarrias y cerros con encinas, romero y tomillo ocupan su espacio, alfombrado de un color verdoso en esta época del año. En las inmediaciones del templo hay una explanada cubierta de pinos donde los romeros se sientan a almorzar después de la Misa. Frente a la ermita  está el Tajo, imponente y sereno. Cerca de allí se encuentra el paraje de “Las ahogás”. Se llama así porque en 1894 una rambla de agua procedente del cerro, tras una brusca e inesperada tormenta, se llevó a cuatro mujeres hasta el río y allí murieron ahogadas.



La ermita es del siglo XVI y se alza en un paraje único, un mirador al Tajo desde el que se ven varios kilómetros de su cauce. En la parte trasera hay un cerro cuyas vistas son aún mejores, subid y lo comprobaréis.  Debajo hay una cripta y en la esquina se ve el rastro dejado en las piedras por las espadas al afilarse. El edificio tiene su historia. Cuentan que los pastores Juan y Alonso Serón soltaron los perros antes de amanecer para cazar un conejo con el que almorzar y éstos se pararon en una peña donde no pararon de escarbar insistentemente. Por más que los apartaban de allí, donde no se veía madriguera alguna, los animales seguían escarbando hasta que desenterraron parte de una Cruz procesional de bronce con baño de oro de aproximadamente medio metro de altura en el que aparecen las figuras de Jesús, María, san Juan, san Pedro y san Pablo. De la Cruz cuelgan dos cadenillas que no son las originales porque estás se las llevó el rey Carlos I, que pasó por allí en 1528, dicen que para hacer unos pendientes a la reina. Una hermosa joya venerada desde su aparición que propició una ermita ubicada  en un pequeño paraíso.



Desde aquí os propongo que dejéis el coche y os acerquéis andando, junto al Tajo, hasta un cerro próximo situado aguas arriba y en el que hay una casa asomada al río. Es el complejo Las Nubes, un lugar ideal para comer después de un paseo.




De la ermita al restaurante hay algo más de cuatro kilómetros, una hora a pie, aunque también se puede ir en coche. Llamad antes de ir, pero al mediodía no suele haber problemas para comer. Tienen un interesante menú degustación por 20 euros. Recomiendo el pollo al jengibre, el bacalao a la montañesa y las berenjenas rellenas. Las vistas desde el comedor son únicas. Además de poder alojarse  en el edificio principal, hay unos originales apartamentos, unas cuevas  habilitadas como habitaciones,  que son un capricho romántico. Si por el contrario decidís comer en el pueblo podéis hacerlo en el restaurante El Coto o en el Rincón de la Espe, ambos tendrán su momento en este blog.


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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Camino de la Granja, a golpe de espuela



Los caminos que llevan hasta los monasterios no defraudan, en estas páginas hemos podido comprobarlo en más de una ocasión. El entorno que escogían los frailes para levantar sus cenobios eran abundantes en agua, sombra y silencio, los tres ingredientes que más de mil años después, seguimos buscando quienes una vez a la semana huimos del mundanal ruido.


En la provincia de Guadalajara tampoco defraudan las ermitas, sobre todo las que son punto de encuentro de romeros y vecinos de varios pueblos de una misma comarca. Al ser edificios menores, el monumento no es nunca tan espectacular como un monasterio, pero el camino que conduce hasta la ermita sí lo es. Hoy vamos a acercarnos hasta la ermita de La Virgen de la Granja, un paraje singular, hermoso y cuidado al que acuden todos los años, en distintas fechas, vecinos de los pueblos de toda la Campiña. Aunque está ubicada en el término de Yunquera de Henares y los vecinos tienen la advocación como patrona de las fiestas principales del pueblo, los yunqueranos saben que esta ermita y esta Virgen no son sólo suyas. ¡Vistámonos de romeros!


Para comenzar a andar podemos tomar varios caminos. Desde Heras de Ayuso, el que baja hasta el río Henares y cruza por el Vado de las Carretas es una buena opción. Es el camino que tomaban los vecinos de este pueblo cuando iban a festejar a la Virgen. Son aproximadamente dos horas de agradable y fácil paseo. Pero hoy os propongo que lo hagáis desde Yunquera y aprovechéis para visitar la iglesia y el palacio de los Mendoza, dos joyas bien conservadas y cuidadas, verdaderos iconos de la arquitectura castellana civil y religiosa. Es como si en estos dos edificios se resumiese el catálogo monumental de la mayoría de los pueblos de la provincia. Pocos tienen un castillo o un monasterio, pero la mayoría cuentan con una iglesia digna y un palacete señorial: estandartes de los dos poderes que han marcado el devenir de nuestra historia.


La “dama de la Campiña”, así se conoce a la torre de la iglesia de San Pedro de Yunquera, se ve desde que salimos de Guadalajara (estamos a diez minutos de la capital) y si pasásemos de largo la seguiríamos viendo hasta introducirnos en la sierra. Esbelta y atenta, nos enseña sus adornos platerescos y renacentistas y su estampa del gótico tardío.


Bajo sus pies comenzaremos esta ruta que, camino del río, nos sacará del pueblo para adentrarnos en campos de labor, en su mayoría maizales, segados ya en este tiempo. La tierra de Yunquera es generosa. Tiene abundancia de agua y eso hace posible la existencia de juncos, que dan nombre al pueblo, de un regadío próspero que genera riqueza a sus gentes y la presencia de una vegetación de  chopos, álamos, sauces y fresnos, que flanquean el camino por el que avanzamos hacia La Granja.



Pasear en otoño por la provincia de Guadalajara tiene un valor añadido. Si el día está despejado no sólo podemos escudriñar las terreras de río a lo lejos sino que veremos de frente la sierra limpia y cercana. Es más que seguro que, en la hora escasa que dura nuestro paseo, escuchemos el sonido de la “Grande” (“Paño” la llaman algunos), de la “Serrana”, de la “Tabera” o de la “Virgen”, y de “Relojera”, las cuatro campanas que se turnan para alegrar a su dama todos los días del año y se ponen de acuerdo, en días solemnes, para agasajarla a la vez. No hay mejor música para adentrarnos en el paraje de la Granja, que el tañer de las campanas.






La explanada es una alfombra de hojas de álamo y chopo, un mantón que cubre de color ocre el suelo y no ensucia, alegra el entorno. Una fuente, bancos y mesas distribuidas alrededor de la ermita, y unas escaleras que conducen hasta su puerta, completan este rincón sencillo pero mágico. Hace frío y cuesta mantenerse quieto. Con otra temperatura, dejar pasar el tiempo sentado bajo los álamos, leyendo, rezando o simplemente disfrutando de la variedad de árboles y arbustos que rodean este parque natural tiene que ser un regalo. Nos emplazamos para hacerlo en otro momento. Ahora, regresamos, aún tenemos que detenernos en el palacio de los Mendoza y tomar un tentempié en casa de Alberto y Rosa.



Para volver a Yunquera podemos hacerlo por donde hemos venido, o subir por detrás de la ermita y coger un camino que nos conduce en dirección a Mohernando. A lo lejos veremos el pueblo vecino, pero antes giraremos a la izquierda para entrar en Yunquera por poniente. No tiene pérdida, la Campiña es transparente como el cristal. La entrada nos deja a las puertas del palacio que fuera de una de las familias más poderosas de España, los Mendoza, y que hoy está preparado para el disfrute de todos los yunqueranos. Aquí están las oficinas municipales y la biblioteca. El palacio es hermoso, las columnas son de piedra y los corredores que se extienden por la fachada le dan un empaque especial. El edificio está restaurado, muy restaurado, pero no ha perdido su estampa renacentista, merece una buena foto.


En Yunquera hay una gran afición a los caballos. Durante nuestro paseo hasta la Granja hemos visto más de un jinete paseando junto al río. Fruto de esa afición es una feria que se celebra anualmente al final de la primavera y en la que no sólo se compran y venden animales y aparejos, también se hacen exhibiciones y charlas sobre el mundo del caballo. En poco tiempo, esta feria se ha convertido en un referente del sector y hasta aquí acuden numerosos aficionados procedentes de la provincia de Guadalajara y de provincias aledañas, sobre todo de Madrid.


En Yunquera hay un centro hípico, se llama Las Espuelas, y recomiendo que os acerquéis, deis una vuelta por las instalaciones y aprovechéis para tomar una rica cerveza, un vino fino o un tinto y, ya de paso, probéis algunos de los platos que Rosa y Alberto ofrecen a quienes se acercan a su casa. Os aconsejo el magro con tomate hecho a la vieja usanza, “al estilo de la abuela Pili”, con mucho amor. Los trozos de carne cortados en su justa medida, bien fritos a fuego lento, sin prisa. Después se hace el tomate, con buen aceite y mucha paciencia… Se mezcla todo, se deja veinte minutos de cocción y  a chuparse los dedos.



Las espuelas es una casa rociera, flamenca y equina. Un lugar donde celebrar fiestas familiares y de cumpleaños y donde pasar una buena tarde o noche, un rincón andaluz en plena Campiña. Un lugar mágico en el que sin haber subido nunca a un caballo puedes protagonizar una ruta tranquila y deliciosa, como si fueras un experto jinete, hasta el despoblado del Majanar o hasta la ermita de La Granja, por ejemplo… Y si te acaba picando el gusanillo puedes recibir clases de equitación.


Una oferta diferente que forma parte del cada vez más variado abanico turístico de nuestra provincia donde, al mismo tiempo que uno disfruta de esta tierra, puede experimentar nuevas sensaciones.


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