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martes, 5 de noviembre de 2013

De cementerios hacia "El buen vivir"




Si no hay posibilidad de regresar al punto de partida, hay viajes que cuanto más tarde se hagan, mejor… y si no se hacen nunca, ¡miel con hojuelas! El viaje al cementerio es uno de ellos. Sin embargo, si uno se acerca a una necrópolis con ojos de espectador y con la certidumbre de que puede salir por la puerta cuando quiera y andando, la cosa cambia. Quien más y quien menos, el pasado fin de semana se acercó a un cementerio con nostalgia y pena. Yo os propongo que cuando os sintáis con ánimo, lo hagáis por placer. Para ello recupero y actualizo un pequeño recorrido que hice, años atrás, por algunos cementerios de Guadalajara acompañado de Paula Montávez, una fotógrafa capaz de convertir en obra de arte lo que plasma su retina. “El cementerio llama con la voz vertical de sus cipreses”, escribió en su día el poeta Francisco García Marquina… ¡Acudamos a su llamada!


En Guadalajara las pequeñas necrópolis son muy parecidas por dentro y por fuera: un cercado de piedra de dos metros de altura, una verja de hierro acabada en punta de lanza, un puñado de cipreses y una capilla, que sirve para rezar y velar a los muertos a modo de improvisado tanatorio, ese es todo su artificio. Por el suelo losas de mármol, cercas de hierro, a modo de corralillos del recuerdo, cruces, flores con pétalos de plástico, que en estos días se vuelven de verdad, algunos gladiolos y rosales que crecen sin entusiasmo. No hay muchos nichos en los cementerios de nuestros pueblos, salvo en los más prósperos y numerosos, donde la tierra vale demasiado para derrocharla en cosas de muertos. Son todos muy parecidos, aunque los hay diferentes, como el de Atienza o el de Brihuega, ubicados en el interior de un castillo. Os recomiendo que los visitéis. 





En las ciudades, los cementerios son más señoriales, limpios y ordenados y menos decadentes. En el de Guadalajara hay obras de arte casi faraónicas como el panteón de los marqueses de Villamejor, un templo, casi un palacio, de corte clásico construido en 1899 por el prestigioso arquitecto Manuel Medrano. Si nos vamos a Sigüenza, en sus viajes por la Alcarria, Cornide descubrió junto a catedral, donde podemos disfrutar de la escultura funeraria más hermosa del mundo, la del Doncel, “un claustro de estilo alemán y en él varias inscripciones sepulcrales de canónigos, de las cuales la más antigua era de 1222, que corresponde al año 1184”. Cornide copia su inscripción en un cuaderno de viaje e invita a que alguien se ocupe de recopilar todas las existentes.


Los cementerios han sido siempre fuente de inspiración para poetas y escritores viajeros, tal vez por esa mezcla de rechazo y atracción irresistibles que tiene aquello que se sabe vivo detrás de una apariencia inerte. “Siempre que recorro un cementerio, asegura “el celiano” Paco Marquina, miro con cierto temor las inscripciones, temiendo ver sobre alguna lápida mi propio nombre”. A mí lo que me ocurre es que me parece que las losas se mueven, como si los muertos empujaran hacia arriba. Cada uno tiene sus miedos y sus fobias.

Lo cierto es que no hay más que darse una vuelta por el cementerio de Brihuega, incrustado en el interior del castillo de la Peña Bermeja, para sentir el pálpito decimonónico y medieval de un lugar sagrado y profano a la vez, donde permanecen encerradas miles de tragedias: “Subió al cielo a los 5 años y 7 meses. ¡Hija mía! (1885). Dolor perpetuado en mármol en un balcón que mira al valle del Tajuña y donde entre el silencio que pasea entre las lápidas sólo se escucha el viento que se cuela por las ventanas mudéjares, que en otros tiempos hablaban de vida.


Es curioso contemplar cómo la estética romántica y medieval se mezcla con el kitsch más estrambótico reflejado en flores de plástico y jarrones de cristal, creando una atmósfera única. Pero pasear por un cementerio también invita a la lectura y por tanto a hacer volar la imaginación. “Inhumadas las tres hermanas, se prohíbe hacer más inhumaciones”. ¿Qué misterio hay tras esas muertes? “Doña Ramona Bedoya falleció el día 9 de enero de 1853 a la edad de 51 años, 8 meses y 17 días”. Cada día vivido es un mundo, cada minuto de ausencia un siglo para los seres queridos. “El amor conyugal y filial dedica este eterno monumento a su amado padre y esposo Julián Esteban (1852)”. Considero que una visita a un cementerio es una buena manera de conocer la historia de un pueblo.





Nos cuenta García Marquina en su libro sobre la historia del municipio que, el de Cifuentes, es un cementerio alegre y tiene sus muertos ordenados en tres categorías.” Los de más antigüedad o prestigio ocupan el interior de una hermosa ermita de piedra que preside el centro del cementerio. Los de segunda categoría disfrutan del aire libre y se reparten el suelo del camposanto. Y los recién llegados han empezado a ocupar una galería de nichos que está pegada al muro de poniente y parecen ser los hijos del progreso, pues tienen unos respiraderos como de granja de pollos a los que seguramente les han obligado las minuciosas normas municipales de sanidad. Sus lápidas son también de última generación, de colores que alejan el luto, con letras de fantasía y con ornamentación que toca lo kitsch y lo publicitario. Pero por encima de la diversidad de tumbas y epitafios, a todos los difuntos los iguala una losa de silencio y olvido”.


El hombre, temeroso de Dios, siempre quiso enterrarse cerca de los templos. Si su poder se lo permitía lo hacía incluso dentro, de ahí los numerosos enterramientos que existen en las naves interiores de las iglesias y ermitas de los pueblos de Guadalajara. Si no tenía poder ni dinero, a los pies de los muros, en el camposanto o “camposantillo” de las iglesias y monasterios que siguen siendo necrópolis, como sucede en Almonacid de Zorita o en Uceda, dos cementarios de agradable visita. O, más singular todavía, el cementerio de Galve de Sorbe, ubicado a los pies del castillo medieval de los Estúñiga y adosado a los muros de la vieja iglesia.

En Valverde de los Arroyos se enterraba dentro de los muros de la ermita hasta hace unos años. El suelo está repleto de losas que ocultan los restos de los serranos. Luego dejaron de hacerlo por motivos de espacio y de higiene, pero hicieron una excepción con Cándido, el sacristán de toda la vida, al que dieron sepultura no hace mucho en el lugar donde más tiempo había estado en los últimos años de su vida. Ahora en Valverde hay un cementerio nuevo, ordenado y venteado en la parte alta del pueblo, desde donde puede verse otro cementerio singular, el de Zarzuela de Galve, Zarzuelilla, uno de los lugares más hermosos del paisaje funerario de la provincia.


En Zarzuelilla, con dos habitantes en invierno y apenas dos docenas en verano, los vecinos presumen de longevos. Les cuesta trabajo recordar algún pariente o amigo que muriera con menos de 95 años. Así se explica que su cementerio sea tan pequeño y no haya habido necesidad de cambiarlo, “tenga usted en cuenta que como somos tan pocos y tardamos tanto en morirnos, el cementerio apenas se usa”, me dijo un paisano. Para llegar hasta él, un camino cruza un campo plagado de huertos flanqueados por decenas de cerezos (de nuevo la literatura de Gabriel Miró) manzanos y perales.


Hay que estar atentos para no pasar de largo, tal es la sencillez de la tapia de lajas de pizarra, de apenas un metro y medio de altura, que sujeta una puerta de hierro, siempre abierta, que da acceso a un corralillo de apenas veinte metros cuadrados, todo de una sencillez conmovedora. Está claro que necrópolis, aquí, es una perversión del lenguaje. En el interior del recinto no hay lápidas, sólo tierra amontonada, cruces de hierro y flores de plástico y tela que compiten con un par de tallos de gladiolo que despuntan entre los túmulos. Apoyadas en la pared hay dos losas de piedra de pizarra de un metro de largas, que en su día sirvieron de losa mortuoria. El cementerio de Zarzuelilla es uno de los más antiguos de Guadalajara y, sin duda, el más humilde.


Hoy hemos viajado de otra manera, por unos escenarios distintos, más urbanos, pero no por ello menos sugerentes. Cada pueblo esconde rincones por descubrir, incluidos sus cementerios y entre unas cosas y otras no hemos hablado de gastronomía. Como la ruta es atípica, lo será también, solo por hoy, el apunte gastronómico. Os dejo una receta de las reinas gastronómicas de otoño: las setas, de las que hablaremos largo y tendido la semana próxima. Para ello recurrimos a Dani Camarillo, de la Taberna Gastronómica El buen vivir de Guadalajara capital, un sitio en el que nos detendremos despacio para hablar de vino y cocina no muy tarde. Vaya como adelanto esta ensalada de setas escabechadas con queso de cabra marinado que podéis degustar estos días en su casa, junto al parque de la Concordia. 









Ensalada de setas escabechadas con queso de cabra marinado



Para elaborar esta otoñal ensalada seleccionamos unas setas variadas, de las que los buscadores encuentren en las furtivas visitas a montes y pinares o bien de las que nos venda nuestro frutero favorito, ese en cuyo criterio confiamos. Boletus, níscalos, chantarelas,… en general, todas las setas carnosas nos servirán para la elaboración. El escabeche es cosa seria. A mí me gustan los escabeches aromáticos, pletóricos y con la acidez acética marcada, pero sin estridencias. Remedio contra la degradación de las viandas, en primera instancia, resulta una elaboración digna de mesas regias por la sinfonía de matices que le aporta al plato.

Aunque habitualmente estemos acostumbrados a escabechar carnes y moluscos, las setas resultan un ingrediente perfecto para esta elaboración, como dije, siempre que sean de consistencia algo carnosa. Y como la seta, así escabechada, puede resultar algo “dura” para según qué paladares, lo mejor es combinarla con otros ingredientes que la apacigüen, completando la paleta de aromas del plato.

En nuestro caso, nos hemos decantado por presentarlas en ensalada, acompañadas de sedosas hojas de lechuga mezcladas con algo de escarola, col lombarda y radicchio para rematar con unos trozos de rulo de cabra de Ronda que previamente hemos marinado en aceite con hierbas aromáticas para realzar, más aun si cabe, su aroma y cremoso sabor. Vamos sin más con la receta:




INGREDIENTES

Para las Setas Escabechadas

Setas Variadas de temporada

Tomate de temporada

Ajo

Pimienta negra en grano

Clavos de olor

Laurel

Tomillo

Romero

Manzanilla

Vinagre de Jerez

Aceite de Oliva Virgen Extra

Azúcar morena

Sal

Agua

Para el Queso de Cabra Marinado

Rulo de Cabra de Ronda

Aceite de Oliva Virgen Extra

Tomillo

Romero

Albahaca

Tomates secados al sol

Sal

Pimienta Negra

Para la Ensalada

Mézclum de lechugas

Aceite de Oliva Virgen Extra

ELABORACIÓN

Para las Setas Escabechadas

Cortar el ajo en finas láminas y dorar ligeramente en una sartén con aceite caliente. Antes de que el ajo comience a pasarse añadir las setas cortadas “a la buena de dios” y saltearlas removiendo para que se hagan por todos los lados. Añadir las especias y las aromáticas y dar unas vueltas de manera que se distribuyan entre tanta seta antes de regar con el vino de Manzanilla, el vinagre de Jerez y el agua, a partes iguales, hasta cubrir, rectificando el sabor con un toque de azúcar moreno y dejando reducir a fuego lento.

Para el Queso de Cabra Marinado

En mortero, machacar las aromáticas junto con los tomates secados al sol. Salpimentar y traspasar a un tarro de cristal en el que habremos introducido, previamente, el queso de cabra cortado en dados. Llenar con aceite de oliva virgen extra, tapar y voltear varias veces de manera que las aromáticas se distribuyan por todo el queso. Dejar reposar, al menos, durante dos días.

Emplatado y presentación

Disponer una cama de mézclum de lechugas en el plato sobre la que esparcir las setas, el queso y los tomates. Aliñar con algo de aceite de la marinada y ajustar al gusto la sal omitiendo el vinagre puesto que las setas nos lo aportarán.

martes, 29 de octubre de 2013

Río Negro, la finca de la alegría



Decía Séneca que los auténticos placeres, “aún después de haberlos gozado, recrean”. Hoy os voy a proponer uno de esos viajes inolvidables y con retorno. Un viaje que aúna el placer de andar por el campo y disfrutar de la naturaleza, con la gastronomía. Haremos lo que los tour operadores llaman enoturismo, y nosotros: andar entre viñedos.


Hasta hace poco, hablar de Guadalajara y de vino era levantar la carcajada entre la concurrencia. Ya teníamos denominación de origen y se producía una cantidad pequeña pero aceptable de vino, ahora bien, nadie se preocupaba de la calidad de los caldos, más allá de la estrictamente necesaria para que entrase de manera digna en un brik. Hoy es otra cosa. Los que ya producían, no todos, y los que han empezado hace relativamente pocos años han visto que el futuro del sector pasa más por la calidad que por la cantidad y están apostando por ello.




Nos vamos a pasear por la Finca Río Negro en Cogolludo, donde se produce uno de los vinos españoles con mayor altitud en origen, casi los mil metros, línea casi infranqueable para los vinicultores. A partir de esa línea roja los hielos fuera de tiempo pueden jugar una mala pasada. La Finca está abierta al público y sólo hay que llamar antes para recorrerla en una interesante visita guiada con cata incluida, e incluso comida para grupos, si así se acuerda de antemano. Si no, siempre nos quedarán los interesantes restaurantes de Cogolludo, donde se despacha un buen cabrito asado.  Ya volveremos.



 La distancia: cinco minutos de Cogolludo, treinta y cinco de Guadalajara y  una hora y cuarto de Madrid. Se pasa la villa Ducal, sin dejar la carretera que nos trae desde Guadalajara  y apenas tres minutos después, a mano derecha, vemos una entrada flanqueada por un pórtico hecho de pizarra con el nombre de la bodega.




Las tierras de Guadalajara fueron grandes productoras de vino hasta que las arrasó la filoxera a comienzos del siglo XX. Antes de eso en Sacedón, Mondéjar e incluso Trillo se servía vino en la Casa Real, lo que quería decir que no era malo. La enfermedad acabó con las grandes extensiones de viñedo, y la pobreza histórica de las gentes de esta tierra impidió la posterior repoblación con cepas venidas de otros países. Resultado: desapareció el viñedo.
En Cogolludo, los testimonio de los reyes y cortesanos hablan de que el pueblo era famoso por su caza y el buen vino que servían los Duques de Medinaceli a sus invitados, algunos tan reales como Juana, la Loca o Felipe, el Hermoso. En recuerdo de aquella época dorada, se plasmaron unos racimos de piedra en la fachada del palacio ducal. ¡Hasta el general Hugo, que tanto expolió, no pudo por menos que hacer lo propio con el vino de esta tierra, dejando de traer vino francés y bebiéndose media cosecha él solo, tal era su afición!





Unos y otros, estoy convencido de que pasearían entre los viñedos mientras veían correr a los ciervos, algo que es fácil que te ocurra a ti, porque en la finca de la familia Fuentes los hay en cantidad y a veces, como me ocurrió, cruzan la carretera de acceso a la bodega o se dejan ver por los cerratos, alegrándonos la mañana.



La Finca Río Negro tiene 600 hectáreas de las cuales sólo 21 están plantadas de viñedos productivos y otras tantas, de viñedo joven que aun no da vino. O sea, que hay carrete para rato. En su interior hay pinar, monte bajo y viñas. En otoño el contraste de colores es, en sí mismo, un espectáculo. La hoja aún no se ha caído y el cambio de tonalidades, rojo en la vid, amarillo en los chopos, ocre en los robles se mezclan con el verde vivo del pinar y forman una sinfonía tan agradable de escuchar por los ojos, como lo es el vino de beber por la nariz, maridaje perfecto.



Según paseamos vemos en el suelo racimos que se empiezan a pudrir por la humedad y el sol. Se han cortado adrede para aumentar la calidad del vino. Éste es un año de mucha producción, pero eso no es sinónimo de calidad. La hoja de la vid, que es la fábrica del vino, traslada sales y azúcares a los racimos por la noche, al bajar la temperatura. Cuantos  más racimos haya para suministrar, menos calidad tendrá la uva. Es cuestión de prioridades,  si se quiere apostar por un buen vino lo primero que hay que hacer es limitar la cantidad. Sabia y dolorosa decisión que pasa por el conocimiento y la educación. Otra buena lección que nos da la cultura del vino y que aprendieron bien nuestros mayores: “Quien mucho abarca, poco aprieta”. José Manuel Fuentes nos lo explica muy bien mientras recorremos la finca: “Es como el cuento del Gallo Quirico que me contaba mi abuela, si pico me mancho el pico… Muchas veces es mejor no picar, no escuchar los ofrecimientos de las grandes distribuidoras comerciales, y producir menos pero de más calidad”.





La cosecha de 2009 le supuso a Finco Río Negro su consagración en el selectivo y endogámico mundo del vino. No es fácil entrar en él y menos hacerlo por la puerta grande sin ser un productor de Rioja, Penedés o Ribera del Duero. Aquí van las credenciales de Rio Negro: 92 puntos en la Guía Peñín y 90 concedidos por el melindroso Robert Parker, además de una medalla de oro en la Berliner Wein Trophy. Vamos, que en Guadalajara hacemos un vino para presumir que, no sólo está bien puntuado, sino que empieza a verse y beberse en  restaurantes, bodegas y tiendas especializadas, como un referente de calidad. Más de una mención tiene como el mejor vino con precio inferior a 15 euros.



José Manuel Fuentes, dueño de la finca,  pisaba la uva de niño en su pueblo palentino de Cisneros, donde su familia plantaba algún majuelo y producía vino para el consumo familiar. Enamorado del paisaje castellano, buscó un lugar cercano a Madrid donde quitarse la gorra de experto asesor empresarial y ponerse la de aldeano. Llegó a Cogolludo, se enamoró de esta finca y aquí ha sacado adelante junto a sus hijos Fernando y Víctor, un vino para presumir, gracias, eso también, al buen hacer del enólogo Juan Mariano Cabellos.



Entre las variedades que han plantado destaca el Tempranillo, con más de un 60% de las 42 hectáreas cultivadas, pero hay también Syrah, Cabernet Sauvignon, Merlot y la apuesta del  vino blanco: la uva Gewustranimer, una variedad de la ribera del Rhin que cada día gusta más en nuestro país y que, os puedo asegurar, en Río Negro la bordan, sobre todo la que se conoce en la bodega como clase A. Si podéis no dejéis de comprar alguna botella… si hay, porque se agota con facilidad.





El de hoy ha sido un paseo diferente, pero necesario. El pasado fin de semana nuestra región celebraba la Cumbre Internacional del Vino, hubo jornada de puertas abiertas en las bodegas y las de Guadalajara se sumaron a ello. Las cosas están cambiando, para bien, en este sector y popularizar el cultivo de la vid o del trigo es hacerlo de nuestra cultura. Además, de todos es sabido que el vino es la principal de las cosas que conducen a la alegría y en estos momentos nos hace mucha falta. ¡Salud!





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martes, 22 de octubre de 2013

El Barranco del Regatillo y "el Arroz de la Sole"



Lo de que Guadalajara tiene cien “veres” es algo que ya he dicho en este blog en alguna ocasión (es de Cela), pero la realidad es tozuda e insistente. Hoy quiero descubrir con vosotros un paseo inesperado, sorprendente y hermoso. Para ello he hecho lo que muchos de vosotros: aceptar la invitación de un amigo para ir a su pueblo. “Nos damos una vuelta, te enseño un par de fuentes que hay alrededor de casa  y… (aquí viene el gancho),  nos comemos una paella y un rabo de toro que a ti te gustan mucho y a la Sole le salen muy bien…” . Suficiente, “aprobada la propuesta”.





Mi amigo Luis y su mujer Soledad han hecho una bonita casa de piedra en Balbacil (junto a Maranchón, a 80 kilómetros de Guadalajara), un refugio para los fines de semana y el verano, un hogar acogedor y hecho con gusto. La intención es dar una caminata de un par de horas antes de comer, mientras se organiza la comida y vienen todos los invitados. Lo sé, hasta ahora no os he contado nada que no sepáis y hayáis experimentado vosotros mismos, pero esperad, lo sorprendente viene ahora. Luis me habla de recorrer el Barranco del Regatillo y acercarme hasta el pueblo de  Codes andando. “Es un camino cómodo y se hace bien, a tiempo para llegar al aperitivo. Cuando lleguéis allí me dais un toque y voy a buscaros con el coche”. ¡Así cualquiera dice que no!








La bajada desde Balbacil hacia el barranco se hace por una pista amplia flanqueada de sabinas, algún enebro y monte bajo. Atrás se queda el pueblo con su iglesia de gran tamaño y buena planta, pero con los tejados llenos de goteras. Uno no entiende muy bien cómo en Pastrana han invertido (Iglesia e instituciones públicas) más de un millón de euros en ampliar la Colegiata para instalar los Tapices de Alfonso V de Portugal, teniendo al lado el Palacio Ducal vacío y sin uso desde hace años, con salas perfectamente adecuadas para albergar no un museo, sino tres; y mientras allí pasa eso, templos como el de Balbacil, que en su interior alberga retablos de valor, se deja morir de inanición. Estoy seguro de que al Ayuntamiento de Maranchón no le importaría poner parte del dinero que recibe del parque eólico para ayudar a los propietarios de la iglesia a arreglar el edificio. ¿O sí? “Pero ¡ay amigo Sancho!, con la Iglesia hemos topado!”… y con la estulticia.




En Balbacil hay tres pairones, uno en cada entrada del pueblo. El de la Soledad, por el que pasamos para bajar al Regatillo, el de la Fuentecilla y el del Curato, levantado detrás de una torre de vigilancia convertida hoy en palomar. 




Aconsejo subir hasta el otero sobre el que se alza la vieja atalaya y echarle un vistazo a las tierras del Ducado de Medinaceli, amplias y ordenadas, regadas de molinos que parecen avasallar a nuestro noble y solitario pairón, y manchadas de sabinas centenarias y hermosas.





Pero dejemos el pueblo y bajemos al barranco. Hemos cogido la pista, no tiene pérdida, y según descendemos vamos viendo los restos de viejas parideras de ganado. A lo lejos se adivinan las primeras crestas rocosas de lo que promete ser un paseo inolvidable. A nuestra derecha, apartada de nuestra ruta, queda la fuente de la Pila del Santo, junto a los restos de lo que fue el pueblo abandonado de Santomodojos. La fuente tiene una curiosa historia. El chorro de agua que nace de su pilón sirve de mojón, delimita a izquierda y derecha los términos de Codes y Balbacil… ¡A falta de río buenas son fuentes!











El Barranco del Regatillo se va estrechando a medida que nos introducimos en su interior. A un lado y otro se ven pequeñas fuentes que aportan un hilo de agua al delicado cauce. Sobre el cañón vuelan los buitres, abajo la temperatura sube y el aire se calma. Las laderas se convierten en paredes de piedra y llega un momento en que hay que ponerse casi en fila india para seguir caminando por la vereda que, poco a poco, nos sube hasta la salida de la boca. Al llegar arriba, un mirador natural nos deja ver la belleza de este “hermano menor” del Barranco de la Hoz. Los tonos otoñales de las copas de los árboles amarillean bajo nuestros pies. La experiencia es única, inesperada, sorprendente. Ha merecido la pena recorrer el Regatillo y más aún, subir hasta este balcón privilegiado.




A partir de aquí, el valle se ensancha y nuestra ruta transcurre durante algo menos de una hora por una pista cómoda que cruza el sabinar y nos enseña un viejo molino seco, le llaman el Molino de la Huerta;  los refugios de los pastores, entre las rocas, o las viejas parideras cimentadas sobre placas de piedra, inalteradas a pesar del paso del tiempo. Apenas se escuchan pájaros, una lástima, pero tampoco vehículos. 




Mientras andamos, el grupo charla. Nos enteramos de que los dueños de la Finca El Sabinar han cortado los caminos que unen los pueblos de Mochales, Turmiel, Balbacil y Codes. La valla lleva varios años acotando las vías públicas y nadie ha hecho nada. Las gentes de los pueblos protestan, santos e inocentes, se cursan denuncias y alguna mano, más de una porque esto viene de largo, lleva años mandando los papeles a la papelera. Caciquismo decimonónico en pleno siglo XXI, otra sorpresa, pero ésta nada grata.
Con la charla, un trago de agua y el obligado bocado a  una manzana, extraordinaria compañera de viaje, nos plantamos sin darnos cuenta a los pies de Codes, un pueblo venteado que tiene su propia historia, de la que nos ocuparemos en otro momento. Hemos andado dos horas, es el momento de regresar a por ese arroz y  ese rabo de toro de nuestra amiga Soledad.




Hoy quiero rendir homenaje a esas cocineras sin estrella ni restaurante que aprendieron de sus madres y saben dar con el punto de cada guiso. Su carta no es muy extensa pero es de una calidad que engancha. Una vez leí a Manuel Vicent que la paella es el plato más abierto y democrático que existe, te permite ser natural a la hora de engullirlo como un pavo y además es el único que admite una discusión libre, sin reservas, a la hora de cocinarlo y zamparlo.
Aquí no hubo lugar para la discusión. El juicio fue unánime y el silencio, mientras nos metíamos a la boca las cucharadas de arroz con alcachofas y bacalao, fue el veredicto más claro y directo. Tal es así que le pedí a a Sole la receta.




Un detalle, un compañero de mesa pudo con tres platos…, un servidor con dos. ¿Pensáis que no dejamos hueco para el rabo de toro? Estáis muy equivocados, si hay algo que no debe hacerse cuando a uno le invitan a comer en casa de un amigo es decir que no al plato que, con tanto cariño, cocinan los anfitriones. Aquí el respeto es obligado. 




Otra cosa es el comentario que se haga en el coche cuando uno regresa a casa, pero en este caso no hubo que fingir, el rabo cumplía con creces las normas de cocción y condimentado exigidas. La carne era gelatina pura. Cayó otro plato bien colmado. Tras el flan casero, el postre no se perdona, no hubo más remedio que pasear junto a la simpática Charca de Balbacil, día completo.  ¡Ay Luis, canalla, qué suerte tienes!



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