martes, 22 de octubre de 2013

El Barranco del Regatillo y "el Arroz de la Sole"



Lo de que Guadalajara tiene cien “veres” es algo que ya he dicho en este blog en alguna ocasión (es de Cela), pero la realidad es tozuda e insistente. Hoy quiero descubrir con vosotros un paseo inesperado, sorprendente y hermoso. Para ello he hecho lo que muchos de vosotros: aceptar la invitación de un amigo para ir a su pueblo. “Nos damos una vuelta, te enseño un par de fuentes que hay alrededor de casa  y… (aquí viene el gancho),  nos comemos una paella y un rabo de toro que a ti te gustan mucho y a la Sole le salen muy bien…” . Suficiente, “aprobada la propuesta”.





Mi amigo Luis y su mujer Soledad han hecho una bonita casa de piedra en Balbacil (junto a Maranchón, a 80 kilómetros de Guadalajara), un refugio para los fines de semana y el verano, un hogar acogedor y hecho con gusto. La intención es dar una caminata de un par de horas antes de comer, mientras se organiza la comida y vienen todos los invitados. Lo sé, hasta ahora no os he contado nada que no sepáis y hayáis experimentado vosotros mismos, pero esperad, lo sorprendente viene ahora. Luis me habla de recorrer el Barranco del Regatillo y acercarme hasta el pueblo de  Codes andando. “Es un camino cómodo y se hace bien, a tiempo para llegar al aperitivo. Cuando lleguéis allí me dais un toque y voy a buscaros con el coche”. ¡Así cualquiera dice que no!








La bajada desde Balbacil hacia el barranco se hace por una pista amplia flanqueada de sabinas, algún enebro y monte bajo. Atrás se queda el pueblo con su iglesia de gran tamaño y buena planta, pero con los tejados llenos de goteras. Uno no entiende muy bien cómo en Pastrana han invertido (Iglesia e instituciones públicas) más de un millón de euros en ampliar la Colegiata para instalar los Tapices de Alfonso V de Portugal, teniendo al lado el Palacio Ducal vacío y sin uso desde hace años, con salas perfectamente adecuadas para albergar no un museo, sino tres; y mientras allí pasa eso, templos como el de Balbacil, que en su interior alberga retablos de valor, se deja morir de inanición. Estoy seguro de que al Ayuntamiento de Maranchón no le importaría poner parte del dinero que recibe del parque eólico para ayudar a los propietarios de la iglesia a arreglar el edificio. ¿O sí? “Pero ¡ay amigo Sancho!, con la Iglesia hemos topado!”… y con la estulticia.




En Balbacil hay tres pairones, uno en cada entrada del pueblo. El de la Soledad, por el que pasamos para bajar al Regatillo, el de la Fuentecilla y el del Curato, levantado detrás de una torre de vigilancia convertida hoy en palomar. 




Aconsejo subir hasta el otero sobre el que se alza la vieja atalaya y echarle un vistazo a las tierras del Ducado de Medinaceli, amplias y ordenadas, regadas de molinos que parecen avasallar a nuestro noble y solitario pairón, y manchadas de sabinas centenarias y hermosas.





Pero dejemos el pueblo y bajemos al barranco. Hemos cogido la pista, no tiene pérdida, y según descendemos vamos viendo los restos de viejas parideras de ganado. A lo lejos se adivinan las primeras crestas rocosas de lo que promete ser un paseo inolvidable. A nuestra derecha, apartada de nuestra ruta, queda la fuente de la Pila del Santo, junto a los restos de lo que fue el pueblo abandonado de Santomodojos. La fuente tiene una curiosa historia. El chorro de agua que nace de su pilón sirve de mojón, delimita a izquierda y derecha los términos de Codes y Balbacil… ¡A falta de río buenas son fuentes!











El Barranco del Regatillo se va estrechando a medida que nos introducimos en su interior. A un lado y otro se ven pequeñas fuentes que aportan un hilo de agua al delicado cauce. Sobre el cañón vuelan los buitres, abajo la temperatura sube y el aire se calma. Las laderas se convierten en paredes de piedra y llega un momento en que hay que ponerse casi en fila india para seguir caminando por la vereda que, poco a poco, nos sube hasta la salida de la boca. Al llegar arriba, un mirador natural nos deja ver la belleza de este “hermano menor” del Barranco de la Hoz. Los tonos otoñales de las copas de los árboles amarillean bajo nuestros pies. La experiencia es única, inesperada, sorprendente. Ha merecido la pena recorrer el Regatillo y más aún, subir hasta este balcón privilegiado.




A partir de aquí, el valle se ensancha y nuestra ruta transcurre durante algo menos de una hora por una pista cómoda que cruza el sabinar y nos enseña un viejo molino seco, le llaman el Molino de la Huerta;  los refugios de los pastores, entre las rocas, o las viejas parideras cimentadas sobre placas de piedra, inalteradas a pesar del paso del tiempo. Apenas se escuchan pájaros, una lástima, pero tampoco vehículos. 




Mientras andamos, el grupo charla. Nos enteramos de que los dueños de la Finca El Sabinar han cortado los caminos que unen los pueblos de Mochales, Turmiel, Balbacil y Codes. La valla lleva varios años acotando las vías públicas y nadie ha hecho nada. Las gentes de los pueblos protestan, santos e inocentes, se cursan denuncias y alguna mano, más de una porque esto viene de largo, lleva años mandando los papeles a la papelera. Caciquismo decimonónico en pleno siglo XXI, otra sorpresa, pero ésta nada grata.
Con la charla, un trago de agua y el obligado bocado a  una manzana, extraordinaria compañera de viaje, nos plantamos sin darnos cuenta a los pies de Codes, un pueblo venteado que tiene su propia historia, de la que nos ocuparemos en otro momento. Hemos andado dos horas, es el momento de regresar a por ese arroz y  ese rabo de toro de nuestra amiga Soledad.




Hoy quiero rendir homenaje a esas cocineras sin estrella ni restaurante que aprendieron de sus madres y saben dar con el punto de cada guiso. Su carta no es muy extensa pero es de una calidad que engancha. Una vez leí a Manuel Vicent que la paella es el plato más abierto y democrático que existe, te permite ser natural a la hora de engullirlo como un pavo y además es el único que admite una discusión libre, sin reservas, a la hora de cocinarlo y zamparlo.
Aquí no hubo lugar para la discusión. El juicio fue unánime y el silencio, mientras nos metíamos a la boca las cucharadas de arroz con alcachofas y bacalao, fue el veredicto más claro y directo. Tal es así que le pedí a a Sole la receta.




Un detalle, un compañero de mesa pudo con tres platos…, un servidor con dos. ¿Pensáis que no dejamos hueco para el rabo de toro? Estáis muy equivocados, si hay algo que no debe hacerse cuando a uno le invitan a comer en casa de un amigo es decir que no al plato que, con tanto cariño, cocinan los anfitriones. Aquí el respeto es obligado. 




Otra cosa es el comentario que se haga en el coche cuando uno regresa a casa, pero en este caso no hubo que fingir, el rabo cumplía con creces las normas de cocción y condimentado exigidas. La carne era gelatina pura. Cayó otro plato bien colmado. Tras el flan casero, el postre no se perdona, no hubo más remedio que pasear junto a la simpática Charca de Balbacil, día completo.  ¡Ay Luis, canalla, qué suerte tienes!



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