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martes, 17 de junio de 2014

La Alcarria de Cela y Leguineche

Recupero para esta entrada un artículo encargado por la revista Viajar en el mes de febrero y publicado en su revista como recuerdo y homenaje a Manu Leguineche y a Camilo José Cela, los dos escritores que mejor han visto, escuchado y contado el alma de la Alcarria. Las agradables secuelas dejadas por las cuatro viajeras que han querido revivir estos días la ruta celiana, me animan hoy a recuperar este texto.



“Han pasado casi 70 años años desde que Cela echó a andar por la Alcarria, y los pueblos alcarreños siguen siendo pequeños, el paisaje apenas se ha visto alterado  y, fuera de las casas, en contra de lo que decía Cela, hoy se come mejor que nunca. El universo alcarreño que don Camilo refleja en su primer viaje no es idílico. El viajero escritor cuenta lo que ve, y lo que encuentra es un país pobre, de paisaje austero, donde las mayores virtudes se encuentran en lo que otro gran viajero, Manu Leguineche, llamaría años después el paisanaje. Con el paso del tiempo, la ausencia de progreso desmesurado ha convertido esta comarca en un escenario ideal para viajar. Cela lo deja claro al principio del libro, con la precisión y la ironía que caracteriza su pluma: “esta tierra, menos miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo”.



Así que viajaremos literariamente  y  lo haremos comenzando por Torija, la Puerta de la Alcarria, uno de esos pueblos de Guadalajara donde no es necesario ir, porque uno pasa. Encrucijada de caminos, su situación junto a la A2 hace de este municipio, y en especial de su castillo, uno de los más conocidos de España. Torija es puerta, pero también ventana. Un balcón privilegiado a través de su fortaleza convertida en el Centro de Interpretación Turística de la Provincia de Guadalajara (CITUG). Allí se desgrana imagen a imagen, ruta a ruta, fiesta a fiesta, vianda a vianda, todo el abanico de posibilidades turísticas de la Alcarria. De diseño moderno y mimetizado con el edificio del siglo XV, cada una de las estancias del castillo, que levantaron los Mendoza, es una invitación al paseo, al recorrido lento y atento por unos rincones que no tienen desperdicio y en los que hay de todo, insisto: ¡de todo! Hasta mar, el Mar de Castilla, el mayor número de kilómetros de “costa” de interior del país, repartidos entre dieciséis embalses.



En el CITUG cabe una provincia y en su Torre del Homenaje se levanta el único museo del mundo dedicado a un libro: “Viaje a la Alcarria”. Las fotografías originales que Cela y el fotógrafo que le acompañó en su recorrido obtuvieron durante el viaje,  los sitios por los que pasaban, los utensilios usados o mencionados por él, mapas, muebles diseminados por las fondas, retratos… todo el universo alcarreño de Cela encerrado en la torre de un castillo, desde donde casi se ve Brihuega, nuestro segundo alto en el camino.



Brihuega rezuma historia. Conserva buena parte de su muralla; un castillo convertido en cementerio, una “necrojoya”; dos iglesias románicas; un puñado de buenos restaurantes; una vega fértil y fresca, la del río Tajuña; una plaza, con un convento convertido en museo de miniaturas, y una Escuela de Gramáticos en cuya casa vivió hasta hace poco Manu Leguineche, a quien está dedicada la plaza. Si Cela descubrió La Alcarria al mundo, Leguineche la dotó de alma en un libro “La felicidad de la tierra”, que evoca la esencia del paisaje y del paisanaje alcarreños: “El sendero, la ermita, la anchurosa Alcarria, el tañido de una campaña, el torreón hecho jirones, el chopo, el cantueso, el espliego, el tomillo, los crestones, los cenicientos, la oliva y la encina, las plazuelas sosegadas, la paramera sobrevolada por el águila, el arroyo, el ábside, las gachas y las migas de pastor….”. ¡Larga vida al maestro!



De Brihuega nos vamos, por la vega del Tajuña, hasta Cifuentes, allí nació la Princesa de Éboli y Don Juan Manuel alzó un castillo que todavía sigue en pie. En Cifuentes todo es agua, su nombre procede de las Siete Fuentes, algunos cronicones hablan de cien, que por diversas bocas bajan de un cerro y coinciden en una hermosa charca, de donde parte el río “que nace en Cifuentes y entra en el Tajo cerca de la casa de Trillo… En este arroyo y en las lagunas cerca de San Blas hay muchas ánades y partidas de garza”, escribe Don Juan Manuel en el “Libro de la caza”.
Pero de lo que más orgulloso se sienten en Cifuentes es de la iglesia de El Salvador. Un edificio de estilo gótico, con algunos detalles románicos en sus portadas. Nos vamos a detener en la de Santiago, compuesta por un conjunto de arquivoltas en degradación y una serie de figuras adosadas, que desarrollan la batalla entre la fe y la idolatría dentro del alma, acompañadas ambas de un ejército de virtudes y de vicios. Es un buen entretenimiento ir descubriendo las figuras diabólicas, algunas de ellas femeninas,  desnudas o pariendo, con grandes pechos lacios; otras masculinas, deformes o colocadas boca abajo en posición burlesca… Al otro lado la virtud: un peregrino pisando a un demonio, una pareja de virtuosos aplastando una cabeza monstruosa o una anciana con vara de mando. El bien y el mal, la vida misma, el alma humana tallada en piedra en un conjunto único que representa el antiguo poema de Prudencio “La Psicomaquia”, todo un espectáculo.



Pero Cifuentes no sólo son sus monumentos, su plaza de soportales, la picota del siglo XVI o el Molino de la Balsa. En torno al pueblo hay enclaves naturales tan sorprendentes como el Barranco del Reato, también conocido como Los Frailes. Una enorme sucesión de “peinetas” de más de 30 metros de altura, caprichos de la naturaleza labradas en piedra, que dibujan diferentes figuras. Si el viajero se detiene le parece estar viendo a unos frailes como los de El Greco, altos y delgados como agujas, con sus sayales y su capucha cubriéndoles la cabeza, que caminan juntos, en oración, como si rezasen el rosario alrededor del claustro de un convento. Una grata sorpresa junto a las aguas del río Tajuña, en el cercano pueblo de El Sotillo. Como lo es también la finca  Las Cascadas en Gárgoles, el empeño de José Andrés Torrent, un ingeniero de Montes que ha sido capaz de plantar un bosque y disfrutar de su sombra varias decenas de años después. Una finca atravesada por el río Cifuentes, donde todavía pueden visitarse un molino y un acueducto medievales, y unas termas romanas, al mismo tiempo que se pescan truchas en un lago artificial, casi paradisíaco.
La Alcarria fértil, la Alcarria húmeda se acerca al Tajo y los tonos verdes se imponen al ocre de  la tierra de labor. En Trillo, el río Cifuentes cae de bruces en el regazo del Tajo formando una cascada de agua, El Pozo, que inunda de sonido el ambiente y refresca los viejos caserones y las calles por las que anduvo Carlos III, camino del Balneario que él mismo hizo construir para solaz de la Corte y que hoy se ha  convertido en una explotación moderna y placentera, un relajante spa.



Desde Trillo pueden verse las Tetas de Viana, dos chimeneas naturales  formadas por dos cerros, “las dos únicas tetas que se me han resistido”, refunfuñó alguna vez el Nobel que quiso coronarlas en globo y acabó estampado contra los chopos del río, enredado entre retamas y cordeles.
Desde Trillo, el curso del agua nos llevará hacia Sacedón por la ruta de los pantanos. El Mar de Castilla, la enorme ribera que forman los embalses de Entrepeñas, Bolarque y Buendía. Una carretera camina bordeando las orillas de esta costa de interior poblada de densos pinares y encinas. Alocén, El Olivar, Durón, Budia, Sacedón… pueblos alcarreños de casas construidas con piedra caliza, cuidados  miradores al pantano que conservan en sus calles el sabor de la Alcarria celiana. Y de Sacedón a Pastrana, donde dos mujeres de carácter: Teresa de Jesús y Ana de Mendoza, princesa de Éboli,  se dieron la mano para levantar un monasterio que asombró a Castilla.


Pastrana, donde nació el pintor Juan Bautista Maíno y descansó San Juan de la Cruz, es un pueblo medieval, con sus calles estrechas, su barrio judío, casonas nobles plagadas de escudos, plazoletas, fuentes, conventos, palacios, huertas y una colegiata donde descansan obras de El Greco, Salzillo, Carreño y los mejores tapices del mundo, que representan las hazañas bélicas de Alfonso V de Portugal. Todo cuanto hay en Pastrana nos traslada a siglos atrás, hasta la pastelería Éboli, con un obrador de exquisitos bocados. Por estas calles paseó Quevedo y aquí, dicen, que Moratín escribió “El sí de las niñas”. Entre los muros de sus palacetes se cocinaban muchos de los acontecimientos políticos que días después revolucionaron a España, intrigas palaciegas de la corte de Felipe II. Por conspirar, la princesa de Éboli fue encerrada en el palacio que corona la famosa Plaza de la Hora, “una plaza cuadrada, grande, despejada con mucho aire, una plaza curiosa, una plaza con solo tres fachadas, una plaza abierta por uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega”, escribió Cela.
Antes de terminar nuestro viaje, un inciso: además de los niños, que no se ven muchos por estos pueblos nuestros, salvo contadas excepciones; y de las mujeres sentadas a la puerta haciendo “media”, lo que hoy se echa de menos en la Alcarria celiana son los burros,  personajes que despertaron ternura en el viajero. Compañeros de viaje con los que Cela se encuentra continuamente y a los que hace jugar un papel casi humano. “Gorrión”, el burro que acompaña al viejo labrador camino de Cifuentes, lleva en la albarda cosido un papel, para cuando llegue el momento, que dice: “Cógeme, que mi amo ha muerto”. Tampoco hay mujeres lavando ropa en los lavaderos, hoy pequeños monumentos populares  siempre vacíos;  ni carros, ni apenas colmenas hechas con troncos de árbol, ni posaderas, pero el paisaje, plácido y evocador, sigue intacto.


En Pastrana termina nuestro viaje pero, como el Nobel, recomendamos un apéndice: visitar Zorita de los Canes, su castillo calatravo mirando al meandro del Tajo y sus restos visigodos, Recópolis, un parque arqueológico de la que fue una de las ciudades más importantes de la España del siglo VII. ¡Ah! Se me olvidaba, a la vuelta sería pecado no parar en Tendilla, buscar entre su larga hilera de soportales una pastelería donde nos vendan bizcochos borrachos y preguntar por la casa y el olivar que Pío Baroja tuvo en el pueblo. La Alcarria es pura literatura.

Guía práctica

CITUG . Centro de Interpretación Turística en el interior del castillo de Torija, de imprescindible visita. Museo de Miniaturas de Brihuega. Curioso museo del profesor Max instalado en el convento de San José. Jardines Románticos. En la antigua Fábrica de Paños de Brihuega, original edificio en forma circular con jardines únicos. Finca Las Cascadas. En Gárgoles, zona de recreo de pesca y paseo por jardín botánico. Museo Colegiata de Pastrana. Tapices y piezas de arte religioso y civil. Museo Convento del Carmen de los Franciscanos de Pastrana. Museo arqueológico y piezas orientales de gran valor traídas por los misioneros de Asia. Parque Arqueológico de Recópolis Zorita de los Canes. Crta. De Almoguera s/n. Tfno. 949 376 898.   DÓNDE DORMIR: Casa Rural “La felicidad de la tierra”. Torija. Mesones, 5. Tfno. 949 322 095. Hotel Spa Niwa. Brihuega. José Ruiz Pastor, 16. Tfno. 949 281 299. Balneario Carlos III.Trillo. Crta. La Puerta s/n. 941 940 758. Casa Rural Las Nubes. Albalate De Zorita. Camino de Cabanillas s/n. 900 850 333.  DÓNDE COMER: Asador Pocholo. Torija. Mesones 5. Tfno. 949 322 095. Restaurante Hospedería Princesa Elima. Brihuega. Paseo de la Fábrica 15. Tfno. 949 340 005.  Restaurante Quiñoneros. Brihuega. Paseo de María Cristina 10. Tfno. 949 280 445. Restaurante Casa de Los Gallos. Cifuentes. Plaza de la Provincia s/n. Tfno. 656 469 159. Pastelería Éboli. Pastrana. Mayor, 7. Tfno. 949 371 027

martes, 10 de junio de 2014

Cuatro viajeras, un río y un capricho

Lo prometido es deuda y a las 8,30 de la mañana he quedado con Laura, Sara, Gracia y Nati para hacer con ellas una jornada de su artístico, mediático y agradable Viaje a la Alcarria 2014. La ruta se inicia en Cívica, uno de esos rincones hermosos y poco conocidos de la provincia de Guadalajara. Terminaremos en Cifuentes 18 kilómetros y cuatro horas y media después.






 Quiso Dios que don Anselmo, cura de la zona de la Alcarria, se antojara allá pro lso años sesenta de un rincón único en el margen derecho del río Tajuña. Un paraje donde pequeños torrentes de agua juguetean con las rocas y el musgo, formando un simbólico "monasterio de piedra" muy pequeño, pero de características similares al de Zaragoza. Entre sombras, luz y agua, la piedra consigue formas deliciosas, extrañas, a caballo entre Sacromonte y las cuevas de Alí Babá.


A este capricho de la naturaleza, don Anselmo le puso algo de imaginación y con cemento, arcos y pasadizos elaboró un templo extraño, pero lleno de magia, donde la sorpresa del visitante se mezcla con la extrañeza para, impresionado, acabar sacando una fotografía del paraje. Según cuentan, allá por el siglo XV sus dueños fueron los monjes jerónimos del monasterio de Villaviciosa, que instalaron allí un caserón que aún sigue en pie. En la actualidad, un merendero y varias casas de campo conforman Cívica, una aldea que sigue sorprendiendo a todos cuantos reparan en su presencia. Antes de partir, vamos con retraso porque las viajeras deben atender a una radio de emisión nacional que las entrevista en directo, tomamos un café con leche y rosquillas en el merendero, junto al río. Un sitio que recomiendo para disfrutar de una buena barbacoa y de alguna que otra delicia casera. Está junto a la carretera, no tiene pérdida, y a media hora de Guadalajara.



Junto al merendero, el Tajuña adopta, entre los chopos, una actitud sumisa y displicente.. La carretera que comunica Brihuega con Masegoso será el único escudo artificial que libre al río del acecho de la ladera. No tenemos más remedio que r andar por el asfalto. Somos casi 30 personas arropando esta iniciativa, una comitiva peligrosa para ir por carretera.



No hay casi tráfico y en pocos minutos dejamos el asfalto y cogemos un camino que cruza el Tajuña y nos lleva a la otra orilla. El recorrido  por el que anduvieron reyes y guerreros durante siglos, camino de la villa de las cien fuentes, y que también anduvo Cela, es refrescante en verano y muy sugerente en otoño, cuando las  hojas cambian su tonalidad e iluminan el paisaje con un fogonazo.
Aguas arriba antes de que el Tajuña abandone la sierra y se adentre en la Alcarria, el hombre puso freno a su ímpetu. Entre los pueblos de Masegoso, El Sotillo, Las Inviernas y Moranchel, se levantó el embalse de La Tajera. Aprovechando unos riscos despoblados de difícil acceso, por los que transitaba el Tajuña, se construyeron varios diques y se embalsó el agua. La Tajera es uno de los pantanos más largos y menos caudalosos de Guadalajara. Parece un río ancho, inflamado por un buen año de lluvias. Se usa para el regadío y en pequeña proporción para el consumo. De cualquier forma su misión es reglar el cauce del Tajuña para aprovechar al máximo su cuenca y preparar su bajada hacia zonas más pobladas de la Alcarria y de las inmediaciones de Madrid. Hoy se ve que han abierto las compuertas y el río baja con un buen caudal.



Mientras caminamos disfrutamos de un paisaje variado y hermoso. A nuestra izquierda tenemos vegetación de ribera y fincas privilegiadas de cereal. A la derecha laderas de carrascas y quejigos. El olor a tomillo, romero y espliego y el trino de los pájaros nos acompañarán durante todo el camino. Charlamos con las viajeras, nos cuentan sus anécdotas y experiencias durante el viaje. Cómo han recibido el calor de las mujeres de Torija, hijas y nietas de aquellas que Cela vio lavando en el lavadero junto a la carretera; la grata experiencia de haber dormido en el parador en que lo hizo el Nobel; hablan y  no paran de ensalzar la generosidad de las gentes de Taracena y de Brihuega, la acogida que tienen sus perfomances, el éxito de sus “camitetas”. Se las ve felices e ilusionadas y nos contagian el optimismo mientras disfrutamos de un paisaje alfombrado de florecillas silvestres y de un vientecillo campero que refresca en una mañana que ya es de verano. En esas estábamos cuando llegamos a Valderrebollo.



Valderrebollo es un pueblo pequeño y viejo como su iglesia. A la entrada hay dos puentes, uno para un arroyo seco y mustio, y el otro para el Tajuña. Lo primero que se ve al mirar hacia los tejados es la espadaña humilde de una iglesia. Pasamos junto a ella y a una picota. La iglesia es románica, pequeña, con una espadaña de dos huecos y una campana. En su portada tiene cuatro arcadas y cuatro columnas. Un vecino nos saluda al pasar y nos enseña una maceta con matas de pepino que lleva en la mano para plantar en el huerto. El calor aprieta y no nos entretenemos mucho, de hecho decidimos no pasar por Masegoso para ganar tiempo y dirigirnos derechos a Moranchel, donde haremos un alto en el camino. En este blog ya hablamos de Masegoso y de su Museo del Pastor en una entrada anterior.




Al cruzar el pueblo de Moranchel, después de haber repuesto fuerzas en el bar, nos sorprenden en las fachadas de algunas casas unos curiosos trampantojos. Pintados en las paredes, los dibujos imitan la realidad con una destreza y una originalidad que no podemos resistirnos, paramos un momento para hacer unas fotos. El camino siempre nos descubre rincones inolvidables que convierten el viaje en aventura. Ya queda poco hasta Cifuentes, nada más subir un otero se ven los tejados y el castillo que fuera del infante don Juan Manuel. En Cifuentes nos esperan unos soportales donde refrescarnos con agua y cerveza, un pórtico espectacular y la famosa calle del Cristo de la Repolla… Pero en Cifuentes ya nos entretendremos largo y tendido  en otra ocasión, que da para mucho. Por hoy es suficiente.




Una cosa más: hasta el domingo las viajeras siguen su camino por la Alcarria, apuntaos y acompañadlas. Y si no podéis y las veis por el camino decidles vuestro apellido, hablad con ellas y contadlas historias, ellas os contarán las suyas. Buen camino.

martes, 3 de junio de 2014

La Vuelta a la Alcarria en 10 días


“Porque nos da la gana”. No hay mejor declaración de intenciones que esta frase que cuatro artistas, con triple “a”, han escogido como eslogan de su particular, fresco, moderno y simpático Viaje a la Alcarria. Partirán el próximo viernes 6 de junio de Madrid en tren y de Guadalajara andando, como hizo Cela hace 68 años. En diez etapas recorrerán los pueblos y los paisajes más universales y literarios de esta provincia, con permiso de Atienza, Sigüenza, la Arquitectura Negra y Molina de Aragón, que no se me enfade nadie.
“No lo haremos para reivindicar nada, no será un ejercicio deportivo, ni una aventura patrocinada o amparada por ningún interés: queremos hacer de nuestro viaje arte. Arte en marcha. Si Cela dejó huella de su paso con su obra literaria, nosotras sembraremos el camino de pequeñas acciones artísticas, y daremos testimonio de nuestras andanzas en las redes sociales. Porque los tiempos cambian, cambia la forma de compartir el viaje pero, al final, el arte prevalece”.



Cuando se viaja por el placer de compartir experiencias y emociones, y se hace con los cinco sentidos bien abiertos, no caben el aburrimiento ni la desilusión. Pero si además uno viaja artística o literariamente, con la intención de contar o expresar lo sentido, o para rememorar lo leído, el viaje gana en matices y satisfacciones. Gracias Iglesias, Laura y Sara Domínguez y Natividad Díaz viajan porque son artistas y quieren y sienten a Guadalajara. Yo me uno a su viaje, de hecho lo haré físicamente en alguna etapa y les animo a que ustedes lo hagan, esa es mi propuesta de hoy, compartan con ellas algún tramo de este maravilloso viaje y a buen seguro que no se arrepentirán. Eso sí, que cada palo aguante su vela, no se espere nadie ningún tipo de organización logística, esa corre de parte de cada viajero.




“Nos da la gana dejar las autopistas y llenar de polvo nuestras botas, nos da la gana redescubrir los pueblos, los montes, las veredas que discurren entre Guadalajara y Zorita de los Canes, pasando por Torija, Brihuega, Cifuentes, Trillo, las magníficas, “erizadas, violentas” Tetas de Viana, La Puerta, Budia, Chillarón, Pareja, Casasana y Pastrana. Nos da la gana rastrear qué queda de las gentes y lugares que en su día conociera el joven Cela, qué es lo que ha cambiado; averiguar qué sorpresas nos depara el camino”.
Nuestras cicerones de hoy llevan varias semanas preparando su viaje, visitando lugares y escenarios, archivando paisajes y paisanaje, empapándose de Alcarria, conociendo a los personajes que Cela inmortalizó en su libro, entonces niños, hoy ancianos. Pero las sorpresas, los imprevistos son la salsa de todo viaje, lo que sin duda le hace único. Cela vivió tantas experiencias no programadas que tuvo materia suficiente para escribir un libro delicioso, quizás el mejor libro de viajes de la literatura española, si sacamos El Quijote de esa estantería. Laura, Sara, Nati y Gracia no tendrán más remedio que improvisar, que salirse del guión, si es que lo llevan, en las representaciones artísticas con las que completarán su viaje y que os invito a que no os perdáis. No hablamos de grandes puestas en escena, sino de pequeños detalles artísticos a salto de mata, al final de cada recorrido.



“Vivimos tiempos de premura en los que las distancias se recorren cada vez más deprisa: desplazarse hoy día, ya sea unos cientos de metros o miles de kilómetros, por tierra, mar o aire, es sólo una manera de llegar a otro punto del planeta para cumplir allí una misión determinada. Al emprender un viaje, pocos pedimos ya, como Kavafis nos recomendara, que “el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias”. Sin embargo, a veces la literatura o el arte nos salen al encuentro, tendiendo ante nosotros una idea, una ventana abierta a nuevas posibilidades que nos tientan con un ritmo distinto, con formas diferentes de contemplar el mundo”.



Todo viaje es una huida, por lo general de la rutina. Mi ruta de hoy tiene una doble intención, apoyar y solidarizarme con esta recuperación del Viaje a la Alcarria, y recomendaros que os unáis un día, o más si podéis, a esta “caravana” de la alegría, el arte y la literatura que nos ofrecen estas cuatro artistas enamoradas de la Alcarria, sufriréis una transformación. Aquí va de nuevo el enlace.


martes, 22 de octubre de 2013

El Barranco del Regatillo y "el Arroz de la Sole"



Lo de que Guadalajara tiene cien “veres” es algo que ya he dicho en este blog en alguna ocasión (es de Cela), pero la realidad es tozuda e insistente. Hoy quiero descubrir con vosotros un paseo inesperado, sorprendente y hermoso. Para ello he hecho lo que muchos de vosotros: aceptar la invitación de un amigo para ir a su pueblo. “Nos damos una vuelta, te enseño un par de fuentes que hay alrededor de casa  y… (aquí viene el gancho),  nos comemos una paella y un rabo de toro que a ti te gustan mucho y a la Sole le salen muy bien…” . Suficiente, “aprobada la propuesta”.





Mi amigo Luis y su mujer Soledad han hecho una bonita casa de piedra en Balbacil (junto a Maranchón, a 80 kilómetros de Guadalajara), un refugio para los fines de semana y el verano, un hogar acogedor y hecho con gusto. La intención es dar una caminata de un par de horas antes de comer, mientras se organiza la comida y vienen todos los invitados. Lo sé, hasta ahora no os he contado nada que no sepáis y hayáis experimentado vosotros mismos, pero esperad, lo sorprendente viene ahora. Luis me habla de recorrer el Barranco del Regatillo y acercarme hasta el pueblo de  Codes andando. “Es un camino cómodo y se hace bien, a tiempo para llegar al aperitivo. Cuando lleguéis allí me dais un toque y voy a buscaros con el coche”. ¡Así cualquiera dice que no!








La bajada desde Balbacil hacia el barranco se hace por una pista amplia flanqueada de sabinas, algún enebro y monte bajo. Atrás se queda el pueblo con su iglesia de gran tamaño y buena planta, pero con los tejados llenos de goteras. Uno no entiende muy bien cómo en Pastrana han invertido (Iglesia e instituciones públicas) más de un millón de euros en ampliar la Colegiata para instalar los Tapices de Alfonso V de Portugal, teniendo al lado el Palacio Ducal vacío y sin uso desde hace años, con salas perfectamente adecuadas para albergar no un museo, sino tres; y mientras allí pasa eso, templos como el de Balbacil, que en su interior alberga retablos de valor, se deja morir de inanición. Estoy seguro de que al Ayuntamiento de Maranchón no le importaría poner parte del dinero que recibe del parque eólico para ayudar a los propietarios de la iglesia a arreglar el edificio. ¿O sí? “Pero ¡ay amigo Sancho!, con la Iglesia hemos topado!”… y con la estulticia.




En Balbacil hay tres pairones, uno en cada entrada del pueblo. El de la Soledad, por el que pasamos para bajar al Regatillo, el de la Fuentecilla y el del Curato, levantado detrás de una torre de vigilancia convertida hoy en palomar. 




Aconsejo subir hasta el otero sobre el que se alza la vieja atalaya y echarle un vistazo a las tierras del Ducado de Medinaceli, amplias y ordenadas, regadas de molinos que parecen avasallar a nuestro noble y solitario pairón, y manchadas de sabinas centenarias y hermosas.





Pero dejemos el pueblo y bajemos al barranco. Hemos cogido la pista, no tiene pérdida, y según descendemos vamos viendo los restos de viejas parideras de ganado. A lo lejos se adivinan las primeras crestas rocosas de lo que promete ser un paseo inolvidable. A nuestra derecha, apartada de nuestra ruta, queda la fuente de la Pila del Santo, junto a los restos de lo que fue el pueblo abandonado de Santomodojos. La fuente tiene una curiosa historia. El chorro de agua que nace de su pilón sirve de mojón, delimita a izquierda y derecha los términos de Codes y Balbacil… ¡A falta de río buenas son fuentes!











El Barranco del Regatillo se va estrechando a medida que nos introducimos en su interior. A un lado y otro se ven pequeñas fuentes que aportan un hilo de agua al delicado cauce. Sobre el cañón vuelan los buitres, abajo la temperatura sube y el aire se calma. Las laderas se convierten en paredes de piedra y llega un momento en que hay que ponerse casi en fila india para seguir caminando por la vereda que, poco a poco, nos sube hasta la salida de la boca. Al llegar arriba, un mirador natural nos deja ver la belleza de este “hermano menor” del Barranco de la Hoz. Los tonos otoñales de las copas de los árboles amarillean bajo nuestros pies. La experiencia es única, inesperada, sorprendente. Ha merecido la pena recorrer el Regatillo y más aún, subir hasta este balcón privilegiado.




A partir de aquí, el valle se ensancha y nuestra ruta transcurre durante algo menos de una hora por una pista cómoda que cruza el sabinar y nos enseña un viejo molino seco, le llaman el Molino de la Huerta;  los refugios de los pastores, entre las rocas, o las viejas parideras cimentadas sobre placas de piedra, inalteradas a pesar del paso del tiempo. Apenas se escuchan pájaros, una lástima, pero tampoco vehículos. 




Mientras andamos, el grupo charla. Nos enteramos de que los dueños de la Finca El Sabinar han cortado los caminos que unen los pueblos de Mochales, Turmiel, Balbacil y Codes. La valla lleva varios años acotando las vías públicas y nadie ha hecho nada. Las gentes de los pueblos protestan, santos e inocentes, se cursan denuncias y alguna mano, más de una porque esto viene de largo, lleva años mandando los papeles a la papelera. Caciquismo decimonónico en pleno siglo XXI, otra sorpresa, pero ésta nada grata.
Con la charla, un trago de agua y el obligado bocado a  una manzana, extraordinaria compañera de viaje, nos plantamos sin darnos cuenta a los pies de Codes, un pueblo venteado que tiene su propia historia, de la que nos ocuparemos en otro momento. Hemos andado dos horas, es el momento de regresar a por ese arroz y  ese rabo de toro de nuestra amiga Soledad.




Hoy quiero rendir homenaje a esas cocineras sin estrella ni restaurante que aprendieron de sus madres y saben dar con el punto de cada guiso. Su carta no es muy extensa pero es de una calidad que engancha. Una vez leí a Manuel Vicent que la paella es el plato más abierto y democrático que existe, te permite ser natural a la hora de engullirlo como un pavo y además es el único que admite una discusión libre, sin reservas, a la hora de cocinarlo y zamparlo.
Aquí no hubo lugar para la discusión. El juicio fue unánime y el silencio, mientras nos metíamos a la boca las cucharadas de arroz con alcachofas y bacalao, fue el veredicto más claro y directo. Tal es así que le pedí a a Sole la receta.




Un detalle, un compañero de mesa pudo con tres platos…, un servidor con dos. ¿Pensáis que no dejamos hueco para el rabo de toro? Estáis muy equivocados, si hay algo que no debe hacerse cuando a uno le invitan a comer en casa de un amigo es decir que no al plato que, con tanto cariño, cocinan los anfitriones. Aquí el respeto es obligado. 




Otra cosa es el comentario que se haga en el coche cuando uno regresa a casa, pero en este caso no hubo que fingir, el rabo cumplía con creces las normas de cocción y condimentado exigidas. La carne era gelatina pura. Cayó otro plato bien colmado. Tras el flan casero, el postre no se perdona, no hubo más remedio que pasear junto a la simpática Charca de Balbacil, día completo.  ¡Ay Luis, canalla, qué suerte tienes!



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